Cuerpo del dolor
"... estructura emocional construida al rededor del deber, la autosuficiencia y el sostén: tengo que poder con todo.."
Cada vez que advertimos que hemos caído en un estado disfuncional, existe la posibilidad de salir de la identificación con el pensamiento y la emoción para entrar en presencia. Renunciamos a la resistencia. Entramos en un estado de alerta serena, de quietud y de unión con lo que es, tanto dentro como fuera de nosotros.
Entonces aparece una decisión consciente.
¿Quién decide?
Uno mismo.
¿Y quién es uno mismo?
La conciencia que ha despertado a sí misma.
Algunos cuerpos de dolor reaccionan únicamente ante ciertas situaciones o factores desencadenantes, casi siempre ligados a heridas emocionales del pasado. El miedo puede absorberse y quedar alojado en nosotros. Pero cuando aprendemos a reconocer el surgimiento del cuerpo del dolor, comenzamos también a reconocer aquello que lo activa: situaciones, palabras, gestos, silencios. Apenas aparecen, los vemos por lo que son y entramos en estado de alerta.
Pocos segundos después percibimos la reacción emocional tomando forma en el cuerpo. Sin embargo, en la presencia no nos identificamos con ella. Y cuando no hay identificación, el cuerpo del dolor no puede apropiarse de nosotros ni transformarse en la voz de la mente.
El cuerpo del dolor solo prospera en la inconsciencia. Necesita ausencia de presencia para sostenerse.
A veces parece el mayor obstáculo para el despertar de la conciencia humana: ocupa la mente, distorsiona el pensamiento, perturba los vínculos y se expande como una nube oscura sobre todo el campo energético. Nos arrastra hacia la identificación total con la emoción y con la historia personal. Nos pone a la defensiva. Nos lleva a decir y hacer aquello que alimenta todavía más la infelicidad interior.
Pero también puede convertirse en un umbral.
La intensidad del dolor emocional puede llevarnos a dejar de identificarnos con las estructuras mentales y emocionales que sostienen el sufrimiento. Entonces comprendemos que no somos nuestra historia ni tampoco la emoción que estamos sintiendo. Y en ese instante, el dolor deja de ser solamente sufrimiento: se vuelve posibilidad de despertar. Se transforma en la puerta hacia la presencia.
¿Cuánto tiempo hace falta para dejar de identificarse con el cuerpo del dolor?
No hace falta tiempo.
Cuando el cuerpo del dolor se activa, basta con reconocerlo. Reconocer: “esto está ocurriendo en mí”. Ese acto de conciencia rompe la identificación. Y cuando la identificación cesa, comienza la transformación.
La conciencia impide que la vieja emoción ascienda y tome posesión del pensamiento, de las palabras y de los actos. Entonces el cuerpo del dolor ya no puede perpetuarse a través de nosotros. La emoción puede permanecer un tiempo, aparecer por momentos, volver en oleadas. Pero ya no gobierna.
Dejar de proyectar las emociones del pasado sobre las situaciones presentes implica atravesarlas directamente en nuestro interior. Tal vez no sea agradable, pero no destruirá lo que somos. La presencia puede contenerlo.
La emoción no es nuestra esencia.
Y cuando aparezca el cuerpo del dolor, no caigamos en la idea de que hay algo defectuoso en nosotros. El reconocimiento necesita estar acompañado de aceptación. Todo rechazo fortalece aquello de lo que intenta escapar.
Aceptar es permitir sentir lo que está siendo sentido ahora.
Es reconocer que también eso forma parte de la existencia de este instante.
Podemos luchar contra lo que es, sí, pero el precio siempre será el sufrimiento.
En cambio, cuando aceptamos, dejamos de fragmentarnos. Dejamos de ser una parte enfrentada consigo misma y regresamos a nuestra verdadera naturaleza.
Nos volvemos completos.
Nos volvemos presencia.
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