El amor se habita.

 

El amor no se dice: se habita.

No en la palabra que promete,
sino en la verdad del gesto que regresa,
y cumple
sin anunciarse.

Amar es entonces trazar un espacio en el tiempo 
donde el otro es invitado al presente,
a la entrega de lo real.

No pregunta “qué somos”,
como quien interroga una hoja que viaja en el viento 
sostiene, más bien,
una forma invisible, firme, coherente:

un día,
un encuentro,
la presencia que no exige
y, sin embargo, permanece, espera y se entrega.

Hay en ello la belleza del instante:
no apresar, no huir,
no llenar el silencio de respuestas,
sino dejar que el vínculo 
respire su propia verdad y en la paciencia se exprese.

Porque ese amor
se reconoce
en la continuidad de lo simple,

en la fidelidad de lo leve,

y  así, entre dos libertades,

nace una forma, que sin nombre

 se reconoce espacio compartido

 lugar donde quedarse

donde estar sea siempre
una elección.

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