Oficio del presente
Parto del yo soy, del estar despierto y expresar en lo simple, con manos de pan, la palabra que busca su cauce, o a veces, en el canto que abre un espacio de no pensamiento.
Soy padre, y en ese gesto la vida aprende mi nombre como cuidado, como paciencia, como escucha.Soy compañero, y el amor se vuelve ternura que no exige, presencia que no persigue, manos que saben quedarse sin prometer destino.
Así, en cada encuentro, me reconozco y me transformo. El otro me nombra, me revela, me afina.
Ocurre además un pulso antiguo, una corriente que irrumpe, que busca arrastrarme: intensidad que desborda, apego que confunde, miedo cuando la forma o la expectativa no responde a mi deseo, entonces incertidumbre, ansiedad, culpa, frustración, angustia.
Ahí, justo ahí, recuerdo, o me recuerdan. Vuelvo. Respiro, o me respiran. Observo eso que és, el instante sin relato, lo real. Contemplo el instante como quien se sienta y escucha a un niño: le doy lugar, espacio. le doy voz, sin creerle demasiado pero atento.
Entonces algo cede. La historia se disuelve como agua en el río y comprendo, sin esfuerzo, en ese silencio que queda lo verdadero, una presencia sin nombre, una calma sin causa, una alegría que no depende.
Descansar ahí es recordar lo que siempre estuvo. No como idea, sino como experiencia. Y en esa entrega, sin rechazo, sin apego, la vida se ordena y es instante, de inestable equilibrio.
paz,
armonía,
como si el universo respirara
a través mío
—y yo, por fin,
dejara de interrumpirlo—.
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