Valor
Tuviste que aprender temprano a ser muro contra la tormenta.
A sostener el techo mientras adentro crujían los inviernos invisibles.
Hacerte fuerte fue, quizás, la manera en que el amor sobrevivió en tu historia.
Entonces el cuerpo aprendió la vigilancia:
dormir con un ojo despierto,
escuchar la desconfianza en el silencio,
anticipar el derrumbe antes de que ocurra.
Así creció esa antigua raíz:
“tengo que poder con todo”.
Y alrededor de esa raíz se enredó el cuerpo del dolor,
como una hiedra oscura abrazando un árbol cansado.
Así, se aprende o se confunde
valor con sacrificio.
merecimiento, con resistir.
amor, con capacidad para sostener .
Entonces la vida dejó de ser río
y se volvió piedra.
en estado de defensa.
El cuerpo habla.
El cuerpo siempre habla.
Habla en el insomnio,
en la ansiedad que aprieta el pecho como un puño cerrado,
en el cansancio que cae sobre los huesos como lluvia de marzo,
en la necesidad de silencio,
de sol
de árbol
de montaña,
de cielo limpio
de viento atravesando lentamente las hojas.
Porque todo
quiere vivir.
Y ahí aparece la gran grieta de este tiempo:
¿quién soy si dejo de sostener el día?
Tal vez esa pregunta sea una puerta.
Porque debajo del personaje que resiste,
debajo del guardián que controla el caos,
debajo del hombre que cree que debe justificarse para merecer descanso,
hay algo más antiguo y más verdadero.
Presencia.
Conciencia respirándose a sí misma.
Un ser que no necesita demostrar valor para existir,
del mismo modo en que el árbol no le demuestra nada al bosque
para merecer la lluvia.
Entonces comienza otro aprendizaje.
Descansar también es digno.
Recibir también es sagrado.
Ser sostenido también es humano.
Aprender a cuidarte
como cuidaste a otros.
Elegir conscientemente dónde entregar la energía,
en lugar de derramarla por miedo.
Dejar de vivir como tierra seca esperando la escasez
y empezar a reconocerte como campo fértil.
Porque la abundancia no empieza afuera.
Empieza en la mirada.
En la capacidad de ver.
Ver el pan sobre la mesa.
La respiración entrando y saliendo como una marea silenciosa.
La casa dónde volver.
Las manos capaces de crear oficio y belleza.
La canción.
La escritura.
La palabra.
La posibilidad de acompañar a los hijos desde la presencia.
El amor que transforma en el vínculo con una mujer.
Los amigos donde el alma se reconoce y descansa.
La posibilidad inmensa de despertar y habitar el día
eso es abundancia.
La carencia vuelve ciego al corazón:
lo hace mirar lo que falta.
La abundancia, en cambio, es una lámpara encendida en medio de la noche.
Revela lo que ya está vivo.
Por eso quizás el gesto más profundo sea agradecer.
No como obligación espiritual,
sino como quien abre una ventana después de muchos años
y deja entrar el aire.
Y entonces preguntarte:
¿Qué puedo ofrecer aquí?
¿Cómo puedo servir sin perderme?
¿Cómo puedo dar desde la plenitud y no desde el sacrificio?
Porque cuando das desde la herida, te vacías.
Pero cuando das desde el ser, el agua sigue corriendo.
No necesitas poseer el mundo para sentir abundancia.
El cielo no posee las aves
y aun así las sostiene.
Tal vez la verdadera riqueza sea esta:
habitarte sin guerra.
Saber que tu valor permanece
aunque descanses.
Aunque sueltes.
Aunque ya no luches todo el tiempo.
Y decirte, lentamente, hasta creerlo con el cuerpo:
soy abundancia.
Soy paz aprendiendo a quedarse.
Soy amor dejando de defenderse.
Soy un hombre que ya no quiere sobrevivir en la intemperie del miedo.
Y en esta vida que respira a través mío,
elijo abrir las manos
Para recibir y encontrar
la abundancia
como un río que finalmente recuerda
que nació para (fluir.)
Cuando estoy presente
Cuando soy consciente
Cuando abro los ojos y veo lo que es y lo dado
Todo eso es abundancia
Está aquí
Acabo de encontrarla.
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