Entre el impulso expansivo y la serenidad de reconocer lo que ya está siendo.
Entre el impulso expansivo y la serenidad de reconocer lo que ya está siendo.
A veces imaginamos que el propósito debe venir acompañado de intensidad, visibilidad o una forma extraordinaria. Pero muchas veces el propósito verdadero discurre silenciosamente en lo cotidiano, casi sin espectáculo.
¿Sera quizás que aquello que buscamos manifestar ya se está manifestando, y lo que sucede es qu no coincide con la imagen o la forma que esperaba?
En ese espacio aparece la impaciencia, como una dificultad para confiar en los ritmos orgánicos de la vida. La mente proyecta una versión futura más completa, más “realizada”, mientras el presente ofrece formas pequeñas, lentas, humildes y profundamente vivas para recordar y volver al presente.
Justamente allí parece estar ocurriendo el aprendizaje.
Entonces ¿Por qué depositar la expectativa en una supuesta creatividad futura y no celebrar el hacer cotidiano?
Porque muchas veces confundimos creatividad con excepcionalidad, cuando en realidad la creatividad más profunda es la manera en que habitamos lo que hacemos. La presencia transforma actos simples en actos creadores.
La intensidad da sensación de “estar vivos”, pero suele depender del movimiento constante, del drama o de la expectativa. La profundidad, en cambio, muchas veces se siente calma, silenciosa, incluso “demasiado simple” para una mente acostumbrada a buscar señales grandiosas.
Y quizá por eso cuesta sostener esa paz: porque la identidad asocia valor con tensión, urgencia o conquista cuando la posibilidad esta en la paciencia de dejar florecer, no forzando el brote, sino confiando que ciertas formas maduran lentas antes de volverse visibles.
Quizas la coherencia esté en pasar de buscar validación en la forma, a reconocer sentido en la conciencia con la que habitámos lo que es, y aun, carece de forma.
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