La única verdad
La mente, en sí misma, no es el problema. Es una herramienta extraordinaria que orientada, puede imaginar, organizar, crear, resolver, recordar, asociar, escribir y construir mundos.
El sufrimiento aparece cuando dejamos de verla como herramienta y nos identificamos completamente con su movimiento automático.
Entonces la mente, fuera de foco, divaga entre la memoria del pasado, la anticipación del futuro, la interpretación constante, y la necesidad de controlar lo que es.
Pero incluso en ese estado mecánico, la mente siempre trae información. El punto no es pelearse con el pensamiento, sino discernir si es pertinente o no al momento presente para no perder el foco.
Ahí aparece la presencia, ese espacio consciente que observa al pensamiento sin quedar fusionado a él.
Y desde ese espacio puede surgir una pregunta simple y precisa:
“¿Este pensamiento pertenece realmente a este momento presente?”
Si la respuesta es sí, la mente puede transformarse en acción creativa, con claridad y dirección.
Si la respuesta es no, el pensamiento puede ser reconocido, darle gracias, y dejarlo partir, sin resistencia y sin alimentarlo.
Eso cambia completamente la relación con la mente al no haber conflicto interior, sino escucha consciente.
El pensamiento deja de tener el control y vuelve a ser un instrumento o una herramienta útil para cuando la necesitemos.
Quizás una de las comprensiones más liberadoras sea que la presencia no elimina a la mente ni al pensamiento si no que la ordena alrededor de algo más preciso y profundo.
Entonces la energía que antes se perdía en narrativas de ansiedad, repetición o sufrimiento, empieza a transformarse en atención, celebración, entusiasmo, sensibilidad, creatividad, intuición, contemplación, y acción correcta en el presente.
Al no haber rechazo hay entrega y aceptación consciente. En esa aceptación aparece el espacio de libertad interior.
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