También ésto pasará
Hay un momento en que comenzamos a descubrir que la verdadera libertad no consiste en controlar lo que sucede, sino en dejar de quedar pegados a ello. Allí aparece el espacio interior. Un espacio silencioso que no depende de las circunstancias, de los estados emocionales ni de los pensamientos pasajeros.
No resistirnos.( aceptar, entregarnos)
No juzgar.?("quizás")
No apegarnos(también esto pasara)
Tal vez esos sean los gestos más profundos de una conciencia despierta.
Cuando dejamos de pelear con la experiencia, la vida pierde densidad. Los acontecimientos siguen ocurriendo —las alegrías, las pérdidas, los encuentros, las ausencias— pero ya no nos poseen de la misma manera. “Esto también pasará” no es una frase de resignación; es una puerta hacia el espacio. Abre una distancia serena alrededor de lo que vivimos. Un espacio alrededor del miedo, de la euforia, de la intensidad constante, de la tristeza, del pensamiento repetitivo. Y en ese espacio comienza a respirarse la paz, la presencia intermitente real del amor.
El sufrimiento muchas veces nace de otorgarle a las formas un valor absoluto: a las personas, a los vínculos, a los logros, a las expectativas, a las imágenes mentales de cómo debería ser la vida. Pero toda forma cambia. Todo pasa. Y cuando intentamos aferrarnos a lo impermanente como si pudiera darnos seguridad definitiva, aparece la tensión.
Entonces el descubrimiento más profundo no está en las cosas, sino en aquello que permanece mientras las cosas cambian.
Tener conciencia del espacio interior es advertir que además de pensamientos, emociones y percepciones, existe una presencia silenciosa que los observa. Una quietud despierta. Una dimensión que no está atrapada en el contenido de la experiencia, sino que la contiene.
Mientras la vida sucede en primer plano, algo en el fondo permanece inmóvil.
Como el cielo detrás de las tormentas.
Como el silencio detrás de la música.
Como el río profundo debajo de las olas.
Y quizá la madurez espiritual consista justamente en eso: en aprender a vivir desde esa profundidad. Participar plenamente de la vida, amar, crear, vincularnos, sentir intensamente, pero sin perder el contacto con ese espacio interior que no depende de nada externo.
Desde allí, el amor deja de ser necesidad y se vuelve presencia.
La acción deja de ser compulsión y se vuelve conciencia.
Y el silencio deja de ser vacío para convertirse en hogar.
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