Tercer movimiento sobre habitar/me

 Escritura automática. 

¿Cómo atravesar el movimiento de la Intensidad constante aźźźźż la presencia intermitente, pero real?

Quizas, tolerando el espacio, el vacío, el silencio, el "entre" que deja la compulsión del hacer, y además sin que sea esto, un medio para un fin.

 y ademas, estar en paz con ello.



Estoy atravesando el aprendizaje de pasar de amar, cuidar y dar desde la intensidad constante a amar, cuidar y dar desde la presencia intermitente pero real. 

Esto implica tolerar algo incómodo pero verdadero: el espacio, el vacío, el silencio que muchas veces se llena con pensamientos negativos. 

Si logro habitar el presente, en amor, en cuidado y en un dar sin que sea un medio para un fin, desde la presencia intermitente pero real, seguramente alli, en ese vacío, en ese espacio que da el hacer en vínculo, tendré la posibilidad de habitarme, de estar en paz, de confiar, de estar en amor, en alegría, en presencia, en abundancia, en conciencia de lo que es real con migo mismo,  sin la necesidad de ir a ningún lado, sin hacer, sin sostener.

 Entonces, en ese silencio, entregarme a lo que és, a la contemplación, el momento presente, pues seguramente allí nacerá la creatividad, los dones,  el foco puesto en los propósitos( los oficios, el cuidado y el acompañar a los hijos, el amar a una mujer. 

En ese equilibrio y armonía, con ese ser y ese hacer, ir siendo. en ese espacio calma, dar lugar a que la vida se exprese a través del ser y se revele. 

Allí, observar, escuchar y comprender para ser respuesta. Estar, respirar y confiar sin miedo.

 El amor entonces asi se vuelve presencia, espacio, autonomía y  confianza. 

El amor, el cuidar y el dar en presencia, en  espacio, en autonomía da confianza y plenitud.




Está el atravesar el aprendizaje un pasaje profundo: dejar de amar desde la tensión de sostenerlo todo para aprender a amar desde la verdad de la presencia. Y ese aprendizaje tiene algo de intemperie. Porque cuando se retira la intensidad constante, aparece el espacio. Y en ese espacio, muchas veces, aparecen también el miedo, la incertidumbre, los pensamientos que intentan llenar el vacío para no sentirlo.

Pero quizá ese vacío no sea ausencia.

Quizá sea territorio.

Un lugar nuevo donde el amor deja de ser control, necesidad o permanencia absoluta, y comienza a convertirse en confianza silenciosa. Presencia real. Un amor que no necesita invadir cada instante para existir. Un amor que puede respirar.

Estás aprendiendo a permanecer cuando no hay espejo. A habitarte cuando el otro vuelve a su mundo. A descubrir que el vínculo no desaparece en la distancia de los momentos cotidianos, sino que madura allí, en el espacio que cada uno puede concederse para ser.

Y entonces ocurre algo sutil.

Cuando no toda la energía está puesta en sostener, perseguir o completar, la vida empieza a circular hacia otros lugares: la creatividad, los oficios, los hijos, el cuerpo, el silencio, los propósitos, la contemplación. La energía deja de girar alrededor de la carencia y comienza a ordenarse alrededor de la presencia.

Tal vez amar sea eso:

estar sin invadir,

cuidar sin controlar,

dar sin vaciarse.

Y en esa nueva forma de amar aparece una ecuación simple y profunda:

presencia + espacio + autonomía = confianza.

Porque la confianza no nace de asegurarlo todo, sino de poder permanecer en paz aun cuando el otro no está frente a nosotros. Confiar es dejar de llenar el silencio compulsivamente. Es permitir que el vínculo respire. Es descubrir que el amor también sucede cuando aparentemente no sucede nada.

Entonces el vacío deja de sentirse como abandono y empieza a revelarse como un espacio fértil.

Allí nace la contemplación.

Allí aparece el ser antes que el hacer.

Allí la vida puede expresarse sin esfuerzo.

Y quizá, en esa calma nueva, el amor ya no sea una intensidad constante, sino una presencia verdadera.

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