Segunda Parte: el oficio de amar, Capítulo 4
Y fue allí, cuando la vida había recuperado su ritmo sencillo, cuando ya no estaba buscando respuestas ni intentando reconstruir ninguna historia, que apareció una mirada. Una mirada de mujer.
No porque prometiera algo.
No porque viniera a reparar ninguna herida.
No porque respondiera a una necesidad.
Fue algo mucho más difícil de explicar.
Había presencia.
La profundidad con que me miró.
La profundidad con que pude mirarla.
Y en ese instante ocurrió algo extraordinariamente simple: ambos estábamos allí.
Sin personajes.
Sin expectativas.
Sin necesidad de demostrar nada.
Solo presentes.
Con el paso de los encuentros comprendí que aquello que me conmovía no era ella únicamente, sino la calidad de presencia, de conexión que aparecía entre nosotros cuando nos encontrábamos.
Como si la mirada abriera un espacio.
Un espacio donde el tiempo desaceleraba.
Donde el silencio no resultaba incómodo.
Donde no era necesario llegar a ninguna parte.
Podíamos simplemente estar.
Y quizás allí resida uno de los milagros más discretos de la vida.
Ver
Y ser vistos.
No desde la necesidad de poseer.
No desde el miedo a perder.
No desde la expectativa de que el otro venga a completar aquello que creemos que nos falta.
Sino desde la posibilidad de reconocernos mutuamente.
Porque a veces una mirada atenta puede revelar aspectos de nosotros mismos que permanecían dormidos.
No porque el otro nos los entregue.
Sino porque los refleja.
Como un lago sereno refleja el paisaje que tiene delante.
En ella encontré un espejo.
Y en ese espejo no vi un hombre roto.
Vi un hombre aprendiendo.
Aprendiendo a estar.
Aprendiendo a escuchar.
Aprendiendo a compartir el silencio.
Aprendiendo que el amor puede ser también espacio.
Puede ser tiempo.
Puede ser libertad.
Puede ser la alegría sencilla de caminar junto a alguien sin necesidad de sujetarlo.
Entonces llegaron las conversaciones.
Las lecturas compartidas.
Los escritos.
Los silencios.
Y también los abrazos y los besos.
Y alli, lo valioso fue descubrir que entre dos personas puede existir un territorio donde nadie intenta cambiar al otro, donde ambos aprenden a contemplar la vida desde percepciones distintas , y en esa diferencia, crecer.
Porque compartir la experiencia de estar juntos no consiste en ofrecer presencia.
Tiempo.
Escucha.
Y permitir que el encuentro revele aquello que ninguno de los dos podría descubrir completamente en soledad.
Fue allí donde comprendí que algunas personas llegan a nuestra vida no para ocupar un vacío, sino para ampliar el horizonte de lo que somos capaces de ver, sentir y amar.
Y fue a través de esa mirada que recuperé la confianza.
No solamente en el amor.
Sino en la vida misma.
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