Capítulo 1 El Pan

 

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Capítulo I


El pan


"Cada pan alimenta dos hambres: la del cuerpo y la del alma de quien lo amasa."


Cuando comencé a hacer pan, creía que estaba aprendiendo un oficio.


Con el tiempo comprendí que el pan era quien me estaba enseñando a mí.


Al principio todo parecía reducirse a una cuestión de recetas, proporciones y técnicas. La cantidad justa de harina, el agua necesaria, el tiempo de amasado, la temperatura adecuada para la fermentación. Como ocurre con tantos aprendizajes, uno cree que el conocimiento consiste en dominar una serie de procedimientos.


Pero el pan tiene una manera muy sutil de disolver esa ilusión.


No se deja apresurar.


No responde a la ansiedad.


No obedece al deseo de controlar el resultado.


Cada amasijo posee un ritmo propio. Hay días en que la harina absorbe más agua. Hay mañanas en que el frío demora la fermentación. Hay tardes en que el tiempo parece colaborar silenciosamente para que todo ocurra con naturalidad.


Entonces uno descubre que hacer pan no consiste solamente en intervenir sobre los elementos y la materia.


Consiste, sobre todo, en aprender a escuchar.


Escuchar un amasijo es aceptar que su naturaleza tiene tiempos que no pueden negociarse.


Solo podemos acompañarlos.


Podemos crear las condiciones.


Podemos cuidar.


Pero nunca imponer.


Esa enseñanza, que parece hablar únicamente del pan, termina quizás, alcanzando todos los aspectos de la vida.


Las personas tienen sus tiempos.

 los hijos

el amor.

 los duelos.

 los sueños.

Vivimos rodeados de relojes, pero las cosas verdaderamente importantes no obedecen al reloj. Obedecen a los procesos.


El pan me enseñó que la vida madura desde adentro.


No existe una fermentación forzada que conserve el mismo sabor que aquella que fue respetada.


Quizás nosotros tampoco podamos crecer a fuerza de exigencias. Quizás el crecimiento necesite paciencia, cuidado y confianza, del mismo modo que la masa necesita calor, agua y tiempo.



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Amasar es una conversación entre las manos y la materia.


Las manos presionan, pliegan, estiran y vuelven a reunir aquello que parecía disperso. Poco a poco la masa comienza a cambiar. Se vuelve más elástica, más viva, más disponible.


Pero ese cambio no ocurre solamente en el pan.


También ocurre en quien amasa.


Hay algo profundamente humano en trabajar con las manos.


Las manos piensan.


Recuerdan.


Aprenden.


Dicen aquello que muchas veces las palabras todavía no alcanzan a expresar.


Tal vez por eso los antiguos oficios conservan una sabiduría que no siempre puede explicarse.


El carpintero conversa con la madera.


El alfarero escucha el barro.


El herrero comprende el hierro.


El músico dialoga con los sonidos y el silencio.


Y el panadero aprende a escuchar la harina,  a sentir el agua, a medir la levadura y a controlar el fuego.


Cada oficio posee un lenguaje propio.


Pero todos comparten una misma condición: sólo revelan sus secretos a quien se entrega y permanece presente.



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Con los años comprendí que nunca entregaba solamente Pan.


Entregaba tiempo, atención, dedicación,  intención.


Eso es lo que verdaderamente viaja dentro de algo que  a su vez es alimento.


No existe producción artesanal sin presencia.


La diferencia entre un objeto fabricado y una obra realizada con amor no siempre puede medirse a simple vista.


Sin embargo, casi siempre puede sentirse: el pan fue, es y será un alimento. 


No porque contengan ingredientes secretos.


Sino porque fue elaborado por alguien que decidió estar completamente allí mientras lo hacía.


Quizás el ingrediente más importante de cualquier oficio sea precisamente ese.


La presencia.



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Muchas veces me preguntan por qué elegí el oficio del pan.


Creo porque el pan me obliga, cada día, a volver al presente.


No puedo distraerme demasiado.


No puedo vivir únicamente en el mañana.


No puedo resolver hoy la fermentación de mañana.


Cada jornada comienza y es nueva.


Cada masa vuelve a enseñarme humildad.


Cada horneada vuelve a recordarme que nunca terminamos de aprender.


Quizás por eso el pan ocupa un lugar tan profundo en la historia de la humanidad.


No es solamente un alimento.


Es un símbolo.


Representa el trabajo compartido, la mesa común, la hospitalidad, el cuidado y la posibilidad de transformar algo simple en algo capaz de sostener la vida.


Harina.


Agua.


Sal.


Levadura.


Y tiempo.


Cinco elementos sencillos que, cuando encuentran armonía, producen algo infinitamente mayor que la suma de sus partes.


Tal vez también la vida esté hecha de esa misma simplicidad.



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Con el paso de los años dejé de pensar que mi trabajo consistía en fabricar pan.


Hoy siento que mi verdadero oficio es otro.


Mi oficio consiste en cuidar un proceso.


En confiar.


En esperar.


En acompañar aquello que está llamado a crecer.


Porque comprendí que no sólo fermenta la masa.


También fermentan las ideas.


Las canciones.


Los vínculos.


Los proyectos.


Los hijos.


Y el propio corazón.


Desde entonces, cada madrugada en que vuelvo a hundir las manos en la harina, recuerdo que el pan nunca fue solamente pan.


Fue, desde el principio, una forma silenciosa de aprender a vivir.



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