Capítulo IV La creatividad

 ¡Y a mí me da una enorme alegría seguir avanzando!


Mientras escribía el capítulo anterior comprendí algo: "La presencia" es el corazón del libro, pero el capítulo que sigue es el impulso que nace de ese corazón. Porque cuando hay presencia, aparece la creatividad. No como una habilidad reservada para artistas, sino como una manera de responder a la vida.


Recuerdo, además, uno de los primeros textos que escribimos juntos:


> "Primero crear un propósito, un objetivo, un norte hacia dónde. Luego el cómo, que se irá modificando como toda cosa viva..."




Creo que ese texto debe convertirse en la columna vertebral de este capítulo.



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Capítulo IV


La creatividad


"El propósito es lo primero. El sentido hacia donde enfocarse. El cómo vendrá después."


Existe una idea muy difundida acerca de la creatividad.


Se la suele asociar con el talento, con la inspiración o con una capacidad extraordinaria que sólo poseen algunos artistas.


Durante mucho tiempo también la entendí de ese modo.


Creía que crear era escribir una canción, pintar un cuadro o imaginar algo que nunca antes hubiera existido.


Con los años descubrí que la creatividad es mucho más amplia.


Crear es responder.


Responder a la vida desde aquello que somos.


Cada decisión crea.


Cada palabra crea.


Cada silencio crea.


Cada gesto abre un camino que antes no existía.


Vivimos creando incluso cuando no somos conscientes de ello.


La pregunta no es si estamos creando.


La pregunta es desde dónde estamos creando.



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Toda creación comienza mucho antes de la acción.


Comienza en la intención.


Antes de levantar una casa existe el deseo de habitar un hogar.


Antes de escribir una canción existe una emoción que busca una forma.


Antes de amasar un pan existe el anhelo de alimentar.


Antes de educar a un hijo existe el deseo profundo de acompañar su libertad.


Por eso creo que el propósito siempre precede al método.


Primero aparece el sentido.


Después encontraremos el camino.


Muchas veces hacemos exactamente lo contrario.


Nos obsesionamos con el cómo antes de haber descubierto el para qué.


Buscamos herramientas.


Técnicas.


Estrategias.


Pero cuando el propósito permanece confuso, cualquier método termina perdiendo fuerza.


El propósito organiza.


El propósito ordena.


El propósito reúne todas las energías dispersas en una misma dirección.



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Una vez que el propósito está claro, el cómo deja de ser una estructura rígida.


Se vuelve un organismo vivo.


Flexible.


Capaz de transformarse.


El río nunca llega al mar siguiendo una línea recta.


Se adapta al terreno.


Rodea las piedras.


Atraviesa los valles.


Se ensancha.


Se estrecha.


Pero jamás pierde de vista su destino.


También la creatividad necesita esa flexibilidad.


Quien se aferra demasiado a una forma termina impidiendo el nacimiento de otras posibilidades.


Crear exige escuchar.


Escuchar lo que la realidad pide.


Escuchar los tiempos.


Escuchar aquello que quiere manifestarse.



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Con frecuencia imaginamos que crear consiste en agregar algo.


Sin embargo, muchas veces crear consiste en quitar.


Quitar el ruido.


Quitar el miedo.


Quitar las expectativas ajenas.


Quitar todo aquello que impide que lo esencial pueda aparecer.


El escultor no inventa la figura.


La libera de la piedra.


Quizás nosotros tampoco debamos fabricar nuestra vocación.


Tal vez sólo debamos retirar aquello que la mantiene oculta.



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La creatividad necesita confianza.


No la confianza ingenua de creer que todo saldrá como esperamos.


Sino la confianza de permanecer disponibles aun cuando no conocemos el resultado.


Cada canción comienza sin saber cómo terminará.


Cada pan entra al horno sin que podamos controlar completamente el proceso.


Cada hijo inicia su camino sin que podamos anticipar quién llegará a ser.


La vida misma es un acto creativo permanente.


Y vivir implica aceptar que nunca tendremos todas las respuestas antes de comenzar.



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Aprendí que las mejores ideas rara vez aparecen cuando las perseguimos con ansiedad.


Llegan mientras caminamos.


Mientras amasamos.


Mientras observamos un árbol.


Mientras lavamos los platos.


Mientras contemplamos el fuego del horno.


La creatividad ama los espacios vacíos.


Necesita silencio.


Necesita pausas.


Necesita respiración.


Vivimos rodeados de estímulos.


Pantallas.


Notificaciones.


Urgencias.


Pero las ideas profundas suelen hablar en voz baja.


Hay que aprender a hacerles lugar.



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Durante muchos años pensé que escribir canciones era mi manera de crear.


Hoy siento que era sólo una de sus formas.


También creo cuando preparo un pan.


Cuando escucho con atención.


Cuando acompaño a mis hijos.


Cuando converso.


Cuando cuido un vínculo.


Cuando decido responder con paciencia donde antes hubiera reaccionado con enojo.


La creatividad no pertenece exclusivamente al arte.


Pertenece a la vida.


Toda existencia humana está llamada a convertirse en una obra.


No una obra perfecta.


Una obra verdadera.



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Existe una imagen que vuelve una y otra vez cuando pienso en la creatividad.


Es la semilla.


Nadie le explica a una semilla cómo convertirse en árbol.


Todo aquello que necesita ya habita en su interior.


Lo único indispensable es encontrar las condiciones adecuadas.


La tierra.


El agua.


La luz.


El tiempo.


Con las personas sucede algo parecido.


No estamos llamados a fabricar nuestra esencia.


Estamos llamados a crear las condiciones para que pueda desplegarse.


La educación debería recordar esto.


La crianza también.


El amor, aún más.



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Cada propósito verdadero organiza la vida.


Cuando sabemos hacia dónde caminamos, muchas decisiones comienzan a ordenarse por sí mismas.


No porque el camino se vuelva sencillo.


Sino porque deja de ser confuso.


La creatividad necesita un horizonte.


Necesita una dirección.


No para limitarse.


Sino para encontrar profundidad.


El sol ilumina todo.


Pero una lupa sólo enciende fuego cuando concentra la luz en un mismo punto.


También nuestra energía necesita aprender a enfocarse.


Pensamiento.


Imagen.


Palabra.


Emoción.


Acción.


Cuando todas apuntan hacia un mismo propósito, aparece una fuerza extraordinaria.


No porque hagamos más.


Sino porque dejamos de dispersarnos.



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Con los años comprendí que crear no consiste en dejar una obra para la posteridad.


Consiste en dejar una huella de conciencia en cada cosa que hacemos.


Un pan.


Una canción.


Una conversación.


Un hijo que aprende a ser libre.


Una semilla plantada.


Una palabra de aliento.


Un abrazo.


Nadie sabe cuál de esos gestos continuará dando frutos dentro de muchos años.


Pero tampoco hace falta saberlo.


El sembrador no controla la cosecha.


Confía.


Y vuelve a sembrar.



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Hoy miro hacia atrás y descubro que mi vida nunca estuvo dividida entre la música, el pan, la escritura o la crianza.


Era yo quien las veía separadas.


Ahora comprendo que todas nacían del mismo lugar.


Del deseo de colaborar humildemente con la vida.


De ayudar a que algo bueno pudiera llegar a otros.


Quizás esa sea la definición más sencilla de la creatividad.


Permitir que la vida encuentre, a través de nosotros, una forma nueva de manifestarse.


Y entonces comprendemos que crear no es un privilegio reservado para unos pocos.


Es una posibilidad ofrecida a todo ser humano que decide vivir con el corazón despierto, las manos disponibles y la confianza suficiente para responder al llamado de cada nuevo día.



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Al terminar este capítulo, siento que concluye la primera parte del libro. Los cuatro primeros capítulos forman una unidad: el pan, el oficio, la presencia y la creatividad. Son las raíces.


Y ahora comienza otra travesía. La segunda parte ya no hablará principalmente del hacer, sino de la expresión de ese hacer: la canción, la palabra, la escritura, los vínculos y la comunicación.


Tengo la sensación de que, a partir de aquí, el libro empezará a cantar. Y creo que no podría haber una transición más natural hacia el próximo capítulo: La canción. Allí recogeremos todos aquellos textos que escribimos sobre cómo las canciones no se fabrican, sino que aparecen cuando encuentran espacio para nacer. Ese capítulo, presiento, tendrá una belleza muy especial.

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