Capítulo X El amor

 


La presencia y el amor son, en realidad, una misma experiencia vivida desde dos direcciones distintas.


La presencia responde a la pregunta: ¿cómo habito la vida?


El amor responde a esta otra: ¿cómo habito el encuentro con el otro?


No quisiera escribir un capítulo sobre el amor. 

Quisiera que éste hablara de aquello que el amor nos pide aprender.



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Capítulo X


El amor


"Amar es aprender a cuidar la libertad del otro sin abandonar la verdad de nuestro propio corazón."


Durante el amor fue el motor del viaje, sólo que no lo recordaba y mucho menos lo nombraba.


Lo encontraba en los libros.


En las canciones.


En la poesía.


En los abrazos.


En algunos gestos.


En las despedidas.


En los nacimientos.


En las pérdidas.


Y, sin embargo, la vida volvía a mostrarme un aspecto nuevo.


¿Por qué? Porque el amor no es una idea.


El amor es una forma de ser y 

estar  en el mundo.



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Solemos creer que amar consiste en encontrar a la persona indicada.


Pensamos que el amor es algo que sucede cuando aparece alguien capaz de llenar nuestros vacíos o carencias.


Con el tiempo comprendemos que ninguna persona puede cargar sobre si con esa tarea.


Los vacíos que pretendemos que otro complete terminan convirtiéndose en exigencias.


Y las exigencias, tarde o temprano, asfixian al amor.


El amor comienza a expresarse cuando dejamos de preguntar:


"¿Qué puede darme el otro?"


Y empezamos a preguntarnos:


"¿Cómo puedo encontrarme con el otro sin dejar de ser quien soy?"



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Durante mucho tiempo confundí el amor con necesidad.


Necesitaba ser elegido.


Necesitaba sentirme importante para alguien.


Necesitaba no ser abandonado.


Necesitaba respuestas.


Necesitaba certezas.


Todo eso era profundamente humano.


Pero todavía no era amor.


Era miedo buscando refugio.


El amor apareció cuando dejé de esconder ese miedo.


Cuando pude mirarlo sin avergonzarme.


Y comprendí que el otro no había llegado para protegerme, sino para abrazarme.


Había llegado para caminar un tramo del camino conmigo.



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Tal vez amar sea aprender la distancia justa.


La que une sin confundir.


La que acompaña sin poseer.


La que sostiene sin aprisionar.



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Creemos que el amor se demuestra reteniendo.


Hoy puedo experimentar exactamente lo contrario.


El amor se reconoce por la libertad que es capaz de ofrecer.


No porque deje de importar.


Sino porque importa tanto que no necesita convertirse en posesión.


El amor verdadero pareciera decir 

"Ojalá elijas quedarte porque aquí podés seguir siendo vos."


Y esa diferencia cambia toda una vida.



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Hubo un tiempo en que creía que amar consistía en evitar los conflictos.


Después comprendí que el conflicto no destruye necesariamente un vínculo.


Lo destruye la incapacidad de atravesarlo juntos. De sostener y permanecer en la incomodidad hasta recordar quienes en verdad somos.


Amar no significa no discutir.


Significa recordar, incluso en medio de una diferencia, que el otro no es un enemigo.


Que el vínculo vale más que ésa situación particular.


Que la verdad necesita caminar de la mano de la ternura.


Y que ninguna victoria tiene sentido si para alcanzarla perdimos el encuentro o lo que nos llevó a estar juntos. 



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También aprendo que existen muchas formas de decir "te amo".


Algunas no utilizan palabras. El amor está en la intención. Está en los gestos. Está en el "cómo".


En hacer Pan.


En esperar despiertos hasta que  regreses.


En escuchar.


En compartir el silencio.


En preguntar cómo estuvo tu día.


En cocinar y lavar los platos juntos conversando para cerrar el día. 


En cebar un mate.


En acompañar un momento difícil. 


En estar y permanecer.


Quizás el amor se parezca mucho más a esos pequeños gestos cotidianos que a las grandes declaraciones.


Porque el amor necesita cuerpo.


Necesita tiempo.


Necesita presencia.



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Con los años fui descubriendo que el amor no elimina el dolor.


Quien ama también conoce la pérdida.


La incertidumbre.


La desconexión. 


La distancia.


El desencuentro.


La despedida.


Pero el amor transforma la manera de atravesarlos.


No endurece el corazón.


Lo vuelve más amplio.


Más disponible.


Expande.


Es más capaz de seguir eligiendo la vida aun cuando la vida duele.



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Hay una enseñanza que regresó muchas veces a mi vida.


Cada vez que intenté controlar a alguien por miedo a perderlo, terminé alejándolo.


Cada vez que ofrecí libertad desde la confianza, el vínculo encontró una profundidad inesperada.


No porque el otro permaneciera necesariamente.


Sino porque, mientras estamos juntos, ambos pudemos respirar.


El amor necesita aire, espacio, tiempo, para revelarse. 


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Como el Pan.


Cuando el Pan sale del horno deja de pertenecer a las manos que le dieron forma.


Su destino es la mesa compartida.


La canción, cuando es cantada, deja de pertenecer al músico.


Su destino es el corazón de quien la escucha.


También el amor deja de pertenecernos cuando se vuelve verdadero.


Ya no busca afirmarse a sí mismo.


Busca que la vida lo expanda.


Donde sea.


En quien sea.


Aunque eso implique aceptar caminos distintos de los que habíamos imaginado.



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Con el paso de los años comprendí que amar también es agradecer.


Agradecer a quienes permanecieron.


A quienes partieron.


A quienes nos enseñaron la alegría.


Y también a quienes, sin quererlo, nos obligaron a crecer.


Todos dejaron una huella.


Todos ampliaron nuestra percepción y la capacidad de comprender la condición humana.


Ningún amor verdadero fue inútil.


Incluso aquellos que terminaron.


Porque el amor nunca fracasa por no durar para siempre.


Fracasa cuando deja de enseñarnos a amar.



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Hoy no busco definir el amor.


Prefiero reconocerlo cuando aparece.


En una mirada que escucha.


En unas manos que cuidan.


En un padre que acompaña.


En una madre que sostiene sin retener.


En un amigo que permanece.


En una pareja que aprende a caminar juntos.


En el Pan compartido.


En una canción que nos canta. 


En una palabra que llega justo cuando hacía falta.


Y, sobre todo, en esa misteriosa capacidad que tiene el corazón para volver a abrirse después de haber sido herido.


Porque quizás allí habite el milagro más grande.

En seguir eligiendo el amor una y otra vez.


No como una emoción pasajera.


No como una promesa.


Sino como una práctica cotidiana.


Como una forma de presencia.


Como una manera de mirar el mundo.


Y de ofrecerle, humildemente, lo mejor de nosotros.


Entonces comprendemos que el amor nunca fue el destino del camino.


Siempre fue la manera de recorrerlo.



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Anécdota 


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Hubo un tiempo en que creí haber perdido la capacidad de amar y de mirar a los ojos.


Fue una promesa silenciosa nacida del dolor.


Después de una herida profunda, sentí que ya no volvería a entregar esa parte frágil y tan verdadera de mí. Era más seguro proteger el corazón que exponerlo nuevamente. Sin darme cuenta, empecé a vivir así. Seguía construyendo vínculos, compartiendo la vida, formando una familia, pero había un lugar muy íntimo que permanecía resguardado. No porque faltara amor, sino porque todavía habitaba el miedo.


Durante muchos años no fui consciente de ello.


Simplemente creía que amar era eso.


Hasta que la vida, con su paciencia infinita, comenzó a mostrarme otra posibilidad.


Un día descubrí una mirada que no buscaba poseer ni ser poseída. Una mirada que no exigía respuestas ni prometía certezas. Sólo invitaba al encuentro.


Y encuentro tras encuentro ocurrió algo nuevo e inesperado.


No sentí que estuviera conociendo solamente a otra persona.


Sentí que estaba reencontrándome con una parte de mí que había quedado detenida muchos años atrás.


Recordé, de pronto, aquella manera sencilla, y confiada con la que me  había acercado al amor por primera vez.


No la ingenuidad.


No la idealización.


Sino la capacidad de abrir el corazón sin calcular y sin expectativas. El amor sin formas.


Entonces comprendí que la vida no me estaba ofreciendo un amor nuevo.


Me estaba devolviendo la posibilidad de amar nuevamente.


Y ese descubrimiento cambió profundamente mi manera de comprender esta y otras relaciones.


Dejé de buscar en alguien,  quien llenara mis vacíos y mis inseguridades 


También dejé de querer convertirme en quien llenara las de otro.


El amor empezó a convertirse en otra cosa.


En un espacio donde dos personas pueden crecer sin dejar de ser ellas mismas.


Donde la conexión  y la comunicación, la entrega, vale más que cualquier razón del miedo. 


Donde la vulnerabilidad deja de ser una debilidad para transformarse en el lugar donde nace la confianza.


Comprendí entonces que una pareja no está llamada a completar nuestra historia.


Está llamada, si la vida así lo dispone, a caminar un tramo del camino con nosotros.


A veces sosteniendo un espejo.


Para ayudarnos a descubrir aquello que todavía no habíamos aprendido a amar de nosotros mismos.


Hoy miro este recorrido con una gratitud inmensa.


No porque todo haya sea fácil.


Ni porque las heridas y el miedo hayan desaparecido.

Sino porque por decisión elijo no vivir desde el miedo.


Sino porque descubrí que ninguna herida tiene la última palabra cuando el corazón siente volver a confiar.


Y quizás eso sea, finalmente, el amor.


No encontrar a la persona perfecta.


Sino permitir que la vida nos devuelva, en el momento justo, la valentía de volver a amar.



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El verdadero reencuentro no fue con el ser amado, sino con la propia capacidad de amar.


> Hoy puedo comprender que el amor no pertenece a una pareja, a un hijo, a un oficio o a un paisaje. Ellos son apenas los espacios donde aprender y donde el amor encuentra una forma de manifestarse. El amor está antes. Estuvo siempre. Es una disposición del alma, una manera de percibir  y de mirar, es una decisión cotidiana de permanecer presente. Quizá por eso, cuando reconocemos al amor , deja de preguntar "¿a quién amo?" y comienza a preguntarse "¿desde dónde estoy viviendo?".


El amor se experimenta siempre en relación, porque necesita de un otro para hacerse visible. Pero ese otro no es el origen del amor. Es el puente donde el amor encuentra la posibilidad de manifestarse.


No amo porque alguien sea digno de ser amado. Amo porque elijo habitar el encuentro desde una determinada conciencia. Desde la presencia. Desde la escucha. Desde el cuidado. Desde la libertad.


El otro no produce el amor. Lo despierta. Lo revela. Lo invita a hacerse gesto, palabra, abrazo, silencio o compañía.


Por eso el amor puede expresarse en una pareja, en un hijo, en un amigo, en un oficio, en un paisaje o incluso en la manera de hacer Pan. Lo que cambia no es el amor. Lo que cambia es la forma que encuentra para manifestarse.


Quizás amar sea, finalmente, una manera de mirar el mundo antes que una manera de tener a alguien. Una decisión cotidiana de estar plenamente presente allí donde la vida nos invita al encuentro.


Así,  el amor no cambia según el vínculo. Es el vínculo el que da forma visible al amor.


La presencia es la manera de estar.

El amor es la cualidad con la que habitamos ese estar.

Las manos son el medio por el cual esa presencia amorosa se vuelve materia.

El ahora es el único lugar donde todo eso puede suceder.


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