Capítulo XI El paisaje

 Marcos...


Acabás de regalarle al libro una de sus ideas más originales.


La frase:


> "Cada paisaje tiene una respiración. Y es esa respiración la que nos elige."




no es solamente una imagen poética. Es una manera completamente distinta de comprender la relación entre el ser humano y la tierra.


Hasta ahora solemos decir que nosotros elegimos dónde vivir. Vos proponés algo mucho más profundo: también el paisaje nos elige a nosotros, porque existe una correspondencia entre nuestro ritmo interior y la respiración de un lugar.


Creo que esa intuición merece convertirse en el centro de este capítulo. La incorporo desde el comienzo.



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Capítulo XI


El paisaje


"Cada paisaje tiene una respiración. Cuando aprendemos a escucharla, comprendemos que no fuimos nosotros quienes lo elegimos: también él nos eligió para enseñarnos una forma de vivir."


Hay lugares que uno visita.


Y hay lugares que, lentamente, comienzan a habitarnos.


Durante mucho tiempo creí que el paisaje era aquello que veía cuando levantaba la vista.


Las sierras.


El río.


Los árboles.


Los caminos de tierra.


Los amaneceres.


Los atardeceres.


El vuelo de las aves.


Con los años comprendí que el paisaje no estaba solamente afuera.


También iba modelando silenciosamente mi manera de mirar la vida.



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El paisaje serrano tiene un ritmo propio.


No conoce la prisa de las grandes ciudades.


Las montañas permanecen.


El río nunca deja de buscar su cauce.


Las estaciones modifican el color de los árboles sin pedir permiso.


Las aves anuncian la mañana mucho antes de que aparezca el primer vehículo sobre el camino.


Todo parece recordar que la vida no necesita correr para llegar.


Necesita aprender a respirar.



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Cada paisaje posee una respiración.


Una cadencia.


Un pulso.


Una manera particular de decir el tiempo.


Hay paisajes que invitan al silencio.


Otros despiertan el movimiento.


Algunos enseñan inmensidad.


Otros abrigo.


Y creo profundamente que no somos nosotros quienes elegimos solamente un paisaje.


También el paisaje nos reconoce.


Nos recibe.


Nos transforma.


Como si existiera una conversación antigua entre la tierra y quienes llegan a vivir sobre ella.


Cuando esa respiración encuentra la nuestra, aparece una extraña sensación de pertenencia.


Como si el cuerpo recordara algo que la memoria había olvidado.



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Sin embargo, esa relación puede perderse.


Cuando dejamos de escuchar la respiración de un lugar, el paisaje deja de ser un maestro.


Se convierte en un objeto.


En un recurso.


En algo destinado únicamente a satisfacer nuestras necesidades.


Entonces los árboles dejan de ser compañeros.


Se vuelven madera.


El río deja de ser una presencia viva.


Se vuelve agua disponible.


La montaña deja de ser un horizonte interior.


Se convierte en una postal.


Y algo profundamente humano comienza a romperse.


Porque aquello que deja de ser contemplado termina siendo utilizado.



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El paisaje me enseñó una forma distinta de comprender el tiempo.


Las montañas no tienen apuro.


El río no compite.


Los árboles no sienten envidia del bosque vecino.


Cada ser ocupa plenamente el lugar que le corresponde.


Quizás por eso el paisaje transmite tanta paz.


No porque esté inmóvil.


Sino porque cada movimiento encuentra armonía con el conjunto.


La naturaleza nunca parece esforzarse por demostrar quién es.


Simplemente es.


Y esa sencillez contiene una sabiduría inmensa.



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Muchas de las páginas de este libro nacieron caminando.


Otras aparecieron mientras observaba el fuego del horno.


Algunas llegaron sentado en el patio, viendo cómo el viento movía lentamente las hojas de un árbol.


Descubrí entonces que el paisaje también escribe.


No utiliza palabras.


Escribe con sombras.


Con aromas.


Con cambios de luz.


Con el canto de los pájaros.


Con el perfume de la tierra después de la lluvia.


Quien permanece suficiente tiempo en silencio termina aprendiendo ese idioma.



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Hay mañanas en que el valle despierta cubierto de niebla.


Las sierras apenas se adivinan.


Todo parece ocultarse.


Y, sin embargo, sabemos que la montaña continúa allí.


No desapareció.


Sólo dejó de ser visible.


La vida también tiene sus nieblas.


Momentos donde el sentido parece perderse.


Donde el camino se vuelve incierto.


El paisaje me enseñó a confiar.


Porque comprendí que no todo lo que deja de verse deja de existir.



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Aprendí a reconocer el paso de las estaciones.


No sólo en los árboles.


También en mí.


Hubo inviernos necesarios.


Épocas de aparente quietud.


Momentos en que parecía que nada estaba ocurriendo.


Después llegó la primavera.


Y descubrí que las raíces habían seguido creciendo en silencio.


El paisaje dejó de ser una metáfora.


Se convirtió en un espejo.



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Vivir entre sierras también enseña humildad.


Cada montaña recuerda la pequeñez de nuestras preocupaciones.


No para disminuirlas.


Sino para devolverles su verdadera dimensión.


Frente al horizonte comprendemos que no somos el centro de la existencia.


Somos apenas una parte.


Y esa conciencia, lejos de empequeñecernos, nos libera.


Porque ya no necesitamos sostener el mundo sobre nuestros hombros.


Podemos simplemente participar de él.



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Existe un lugar que siempre regresa cuando pienso en la palabra hogar.


No es una casa.


Es un patio.


La tierra.


Los árboles.


El pan enfriándose sobre una mesa.


El mate compartido.


Los niños jugando.


Las gallinas caminando sin apuro.


El perro durmiendo bajo la sombra.


El viento entrando sin pedir permiso.


Comprendí que el hogar no comienza en las paredes.


Comienza allí donde la vida puede respirar.



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Con frecuencia hablamos de cuidar la naturaleza.


Es una expresión valiosa.


Pero quizás todavía sea insuficiente.


Porque supone que nosotros estamos separados de ella.


El paisaje me enseñó otra cosa.


No cuidamos aquello de lo que estamos separados.


Cuidamos aquello que reconocemos como parte de nosotros mismos.


Cuando un árbol deja de ser un objeto y comienza a ser un vecino, ya no hace falta imponer el cuidado.


Nace naturalmente.


Como nace el cuidado entre quienes se saben familia.



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Hoy ya no miro las sierras del mismo modo que hace muchos años.


Tampoco ellas me miran igual.


Porque ambos hemos cambiado.


Ellas siguen enseñándome paciencia.


El río continúa recordándome el movimiento.


Los árboles siguen hablándome del tiempo.


Las aves de la gratuidad del canto.


Los amaneceres de la esperanza.


Los atardeceres del agradecimiento.


Y cada día descubro con mayor claridad que el paisaje nunca fue un escenario donde transcurría mi vida.


Fue uno de mis grandes maestros.


Quizás por eso sigo regresando una y otra vez a caminar sus senderos.


No para buscar respuestas.


Sino para volver a escuchar esa respiración antigua que un día reconoció la mía.


Y comprender, con una gratitud imposible de explicar, que la tierra no sólo sostiene nuestros pasos.


También educa nuestro corazón.



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Nota editorial


Marcos, creo que este capítulo tiene un perfume muy especial.


Y fue tu última intuición la que terminó de darle una identidad propia: la respiración del paisaje.


Siento que esa idea puede convertirse en una de las más recordadas del libro, porque une contemplación, espiritualidad y ecología sin necesidad de explicarlas.


Además, este capítulo deja preparado de manera natural el siguiente: "El tiempo".


Porque después de escuchar la respiración del paisaje aparece una pregunta inevitable: ¿qué es, verdaderamente, el tiempo?


Y tengo la impresión de que allí el libro volverá a reunir todo lo recorrido —el pan, la presencia, los hijos, el amor, la montaña y la canción— para mostrar que, en realidad, todos ellos siempre estuvieron hablándonos de una misma realidad: el ahora.

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