Capítulo XII El tiempo

 Marcos...


Acabás de abrir la puerta del próximo capítulo con una sola palabra.


"Tiempo."


Y la anécdota que contás no es simplemente un recuerdo. Es una revelación. Porque quien te preguntó esperaba una respuesta material. Vos respondiste con aquello que ninguna posesión puede comprar.


Creo que esa escena debe abrir el capítulo. Es demasiado verdadera para dejarla para una revisión posterior.



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Capítulo XII


El tiempo


"El tiempo no es aquello que pasa. Es aquello que la vida nos entrega para aprender a estar plenamente vivos."


Hace algunos años alguien me hizo una pregunta que parecía sencilla.


—¿Qué te gustaría tener?


La pregunta llegaba en un momento de mi vida en el que muchas cosas ya estaban presentes.


Tenía una casa.


Un vehículo.


Un trabajo.


Una familia.


Una hija.


Había motivos suficientes para responder con algún objeto nuevo, un proyecto o algún logro por alcanzar.


Sin embargo, la respuesta apareció antes de que pudiera pensarla.


Respondí simplemente:


—Tiempo.


Quien había hecho la pregunta quedó en silencio.


Creo que esperaba cualquier otra respuesta.


Yo también.


Pero mientras ese silencio se abría entre los dos comprendí que aquella palabra venía de un lugar mucho más profundo que un simple deseo.


No necesitaba más cosas.


Necesitaba más vida dentro de las cosas.



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Durante mucho tiempo pensé que el tiempo era una cantidad.


Horas.


Días.


Años.


Calendarios.


Relojes.


Con el paso de los años descubrí que el tiempo también posee una calidad.


Una hora junto a un hijo puede contener más vida que una semana vivida con prisa.


Un amanecer contemplado en silencio puede permanecer en la memoria durante décadas.


Una conversación verdadera puede modificar el rumbo de toda una existencia.


Entonces comprendí que no toda hora pesa igual.


No todo minuto está igualmente vivo.



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Vivimos diciendo que no tenemos tiempo.


Tal vez sea una de las frases más repetidas de nuestra época.


Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué queremos decir realmente.


Porque el tiempo sigue transcurriendo.


Lo que muchas veces falta no es tiempo.


Es presencia.


Es espacio interior.


Es la posibilidad de habitar plenamente aquello que ya está ocurriendo.


Quizás no necesitemos agregar más horas a la vida.


Quizás necesitemos agregar más vida a las horas.



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El pan volvió a enseñármelo.


No existe un atajo para la fermentación.


La masa madura cuando llega su momento.


Si intentamos acelerar ese proceso, obtenemos pan.


Pero perdemos profundidad.


Con las personas sucede algo parecido.


Los vínculos también fermentan.


La confianza necesita tiempo.


El perdón necesita tiempo.


La infancia necesita tiempo.


El duelo necesita tiempo.


El amor necesita tiempo.


Todo aquello que verdaderamente importa crece siguiendo un ritmo que no puede comprarse.



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Vivimos rodeados de relojes.


Ellos miden el tiempo.


Pero no pueden medir la plenitud.


Ningún reloj puede decir cuánto amor hubo en un abrazo.


Cuánta verdad en una conversación.


Cuánta gratitud en una despedida.


Hay dimensiones de la vida que sólo el corazón sabe contar.



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El paisaje me enseñó otra manera de mirar el tiempo.


Las sierras permanecen.


El río avanza.


Los árboles florecen cuando llega su estación.


Ninguno parece luchar contra el instante que está viviendo.


La naturaleza no intenta adelantar la primavera.


Ni retener el otoño.


Simplemente habita cada ciclo.


Quizás por eso transmite serenidad.


Porque no desperdicia energía resistiéndose al momento presente.



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Con los años comprendí que muchas de nuestras angustias nacen de una relación difícil con el tiempo.


Vivimos demasiado en el ayer o demasiado en el mañana.


Recordamos lo que ya no puede volver.


Imaginamos aquello que todavía no llegó.


Y mientras tanto, el único lugar donde la vida sucede permanece esperando.


El ahora.


No como una idea filosófica.


Como una experiencia concreta.


El pan se amasa ahora.


El hijo crece ahora.


La canción aparece ahora.


El amigo escucha ahora.


El árbol ofrece su sombra ahora.


Todo ocurre aquí.



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Hubo épocas en las que deseaba que el tiempo pasara rápido.


Otras en las que hubiera querido detenerlo.


Después comprendí que ninguna de las dos cosas estaba en mis manos.


La única libertad verdadera consistía en aprender a acompañarlo.


Como quien camina junto a un río.


No puede cambiar su corriente.


Pero sí puede aprender de ella.



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Existe una paradoja que me sigue asombrando.


Cuanto más intentamos controlar el tiempo, más parece escaparse.


En cambio, cuando logramos entregarnos plenamente a una tarea, el tiempo deja de ser una preocupación.


Desaparece el reloj.


Sólo queda la experiencia.


Amasar.


Escribir.


Escuchar.


Caminar.


Cantar.


Abrazar.


Quizás la plenitud siempre haya tenido esa extraña capacidad de volver invisible al reloj.



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Pienso muchas veces en los ancianos.


No porque hayan acumulado más años.


Sino porque algunos de ellos aprendieron algo que los más jóvenes todavía buscamos.


Descubrieron que la prisa rara vez resuelve lo importante.


Que una tarde puede ser suficiente.


Que un mate compartido puede contener una celebración.


Que mirar el cielo no es perder el tiempo.


Es regresar a él.



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Hoy, si alguien volviera a preguntarme qué deseo tener, probablemente respondería lo mismo.


Tiempo.


Pero ahora agregaría algo más.


No deseo solamente más tiempo.


Deseo una conciencia más amplia del tiempo que ya me ha sido regalado.


Deseo no pasar distraído por los días.


Deseo reconocer la belleza antes de que se vuelva recuerdo.


Deseo llegar a la noche con la serenidad de quien habitó el día y no solamente lo atravesó.


Porque el tiempo no es un bien que podamos guardar.


Es un don que sólo puede vivirse.


Y cada amanecer vuelve a ofrecérnoslo con una generosidad inmensa.


La pregunta ya no es cuánto tiempo tendremos.


La verdadera pregunta es:


¿Qué haremos con el tiempo que hoy nos fue confiado?



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Nota editorial


Marcos... creo que este capítulo une de una forma muy natural toda la filosofía del libro.


Y siento que ahora sólo queda un paso.


El siguiente capítulo deberá llamarse, simplemente:


El ahora


Porque el tiempo prepara el terreno, pero el ahora es la experiencia.


Y tengo la intuición de que allí no estaremos cerrando un libro.


Estaremos invitando al lector a comenzar una manera distinta de vivir.


Hay una frase que siento que podría convertirse en el umbral de ese capítulo y, quizás, de toda la obra:


> "El ahora no es un instante del tiempo. Es el único lugar donde la vida puede ser vivida."




Marcos, después de recorrer juntos este camino, siento que el libro ya no trata del pan, ni de la música, ni de la crianza, ni del paisaje por separado.


Trata de aprender a vivir con una presencia tan plena que cada gesto cotidiano —amasar un pan, escuchar una canción, abrazar a un hijo, caminar por un sendero de tierra o contemplar un amanecer en las sierras— se transforme en una forma de agradecer el milagro silencioso de estar vivos.

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