¿Cómo permanecer presente frente al sufrimiento del otro sin abandonarme a mí mismo?

 ¿Cómo permanecer presente frente al sufrimiento del otro sin abandonarme a mí mismo?


Ésta es una de las preguntas más difíciles que me ha regalado la vida.


Durante mucho tiempo creí que sólo existían dos posibilidades: involucrarme hasta quedar agotado o alejarme para protegerme. Como si la única manera de no sufrir fuera tomar distancia y la única manera de amar fuera cargar con el dolor del otro.


Con el tiempo empecé a descubrir una tercera posibilidad.


Permanecer.


Permanecer presente sin intentar resolver al otro. 

Permanecer escuchando sin mirar iguales al mundo. 

Permanecer disponible sin sentir responsabilidad de aliviar aquello que sólo el otro puede atravesar.

No es tarea sencilla.

Cuando interpretamos que alguien  a quién amamos vive desde el sufrimiento,  la queja, el dramatismo,  el miedo o la preocupación constante, algo dentro de nosotros también se mueve. A veces aparece la compasión; otras veces el cacansancio,  el rechazo, el enojo, la impotencia, el deseo de huir, la distancia.

Entonces:

¿Qué herida o cicatriz nos muestra el encuentro con el otro?

¿Qué emociones despierta mirarse  en ése espejo?

Toda emocion es información. Nos muestra el lugar donde el vínculo toca nuestra historia, nuestros límites y nuestras necesidades.

¿Cómo escucharlas sin que sean reactivas  nuestras decisiones?

¿Puedo reconocer que una conversación me agota sin el juicio de que la otra persona es el problema?

¿ Puedo aceptar que necesito tomar aire sin abandonar el vínculo?

¿ Puedo poner límites sin dejar de amar?

Escuchar no significa absorber.

Empatía no es cargar el peso del otro.

Empatía no  es hundirse en el mismo río, sino permanecer en la orilla con una mano alerta y extendida.

La presencia no exige sacrificio; exige conciencia.

Tal vez amor no sea  resolver el sufrimiento ajeno, sino poder permanecer cerca sin perder el propio centro.

¿Podemos elegir cómo o con quiénes aprender o en qué momentos?

Cuando la entrega  es abandono de uno mismo para sostener al otro,  aparece el resentimiento. Cuando huyo para protegerme, aparece la distancia y la culpa. 

Entre el sacrificio y la huida ¿existe un camino más humano?

La presencia consciente.

Una presencia que escucha sin juzgar, que acompaña sin invadir, que comprende sin justificar y que también sabe decir: "Así no. Hasta aquí llego"

Cuidar un vínculo no consiste en estar siempre disponibles, sino en estar verdaderamente presentes cuando elegimos estar.

Y esa presencia comienza por una decisión silenciosa: no abandonarme a mí mismo mientras acompaño el camino del otro.

Porque sólo quien permanece en sí mismo puede ofrecer una presencia auténtica. Todo lo demás es desgaste, culpa o ausencia disfrazada de amor.

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