El conflicto no rompe el vínculo. Lo rompe la historia que seguimos contándonos cuando el otro ya no está presente

 El conflicto no rompe el vínculo. Lo rompe la historia que seguimos contándonos cuando el otro ya no está presente 


Después de una conversación difícil, el diálogo rara vez termina.


Continúa.


Pero ya no ocurre entre dos personas.


Ocurre dentro de nosotros.


La mente vuelve una y otra vez sobre cada palabra, cada gesto, cada silencio. Repite escenas. Imagina respuestas mejores. Ensaya nuevos argumentos. Justifica. Acusa. Se defiende. Interpreta.


Y, casi sin advertirlo, deja de conversar con el otro.


Empieza a conversar con un personaje.


Un personaje construido con recuerdos, heridas, suposiciones y viejas conclusiones. Un personaje al que le asignamos un papel preciso para que confirme aquello que creemos acerca de él.


Entonces ya no vemos a la persona.


Vemos la identidad que le hemos otorgado.


Y cuanto más conversamos con ese personaje, más lejos queda el ser humano real.


Quizá por eso dos personas que se aman pueden pasar días enteros discutiendo... con alguien que ya no está presente.


No porque el otro haya cambiado necesariamente, sino porque nosotros hemos dejado de encontrarnos con él.


Nos encontramos con nuestra propia interpretación.


Allí nace una distancia silenciosa.


No siempre dejamos de amar.


A veces simplemente dejamos de ver al otro.


Y cuando dejamos de ver al otro, el vínculo deja de renovarse. Queda atrapado en la imagen que construimos de él.


Sin embargo, toda relación verdadera nos ofrece otra posibilidad.


La de regresar.


Regresar no significa ceder una posición.


Significa volver a la curiosidad.


Volver a preguntarnos:


¿Qué necesita este vínculo en este momento?


Quizá no necesite una explicación.


Quizá necesite humildad.


Tal vez baste con decir:


—me ayudas a comprender qué hay detrás de lo que decís, porque todavía no logro verlo.


O preguntar:


—¿Qué hay de todo esto que es tan importante para vos que necesitás defenderlo de esta manera?


Quizá esas preguntas cambien por completo el escenario.


Ya no buscan ganar.


Buscan descubrir.


Cuando el propósito de una relación no es que el otro piense como yo, sino permitirme conocer un mundo que todavía desconozco, la diferencia deja de ser una amenaza.


Se convierte en una puerta.


Cuando puedo permanecer allí, sin retirarme afectivamente, algo empieza a expandirse.


Descubro que el otro ve aspectos de la realidad que yo aún no alcanzo a ver.


Y esa revelación me transforma.


No porque abandone mi mirada.


Sino porque mi mirada se vuelve más amplia.


Quizá el amor no consista en eliminar los conflictos.


Consista en impedir que el conflicto destruya el puente.


En cuidar ese espacio donde dos personas pueden seguir revelándose incluso cuando no coinciden.


Porque el encuentro profundo no nace del acuerdo.


Nace de la disposición a permanecer presentes mientras la diferencia nos atraviesa.


Tal vez esa sea una de las funciones más silenciosas del amor:


seguir eligiendo el encuentro aun cuando sería más fácil retirarse hacia el personaje que nuestra mente inventó.


Cada vez que regresamos a la persona real, el vínculo respira.


Y nosotros crecemos.


No dejamos de amar cuando aparecen las diferencias. Empezamos a alejarnos cuando dejamos de sentir curiosidad por el mundo interior del otro.

Quizá esa sea una de las prácticas más profundas de todo vínculo.


Volver.


Una y otra vez.


Volver a desarmar las narrativas que la mente construye después de cada encuentro.


Advertir cuándo dejamos de conversar con la persona para empezar a conversar con el personaje.


Y regresar.


No a la idea que tenemos del otro.


Sino al otro.


Regresar a lo real.


Porque toda interpretación toma apenas una parte de la realidad y la convierte en una historia. Y cuando habitamos esa historia durante demasiado tiempo, dejamos de encontrarnos con quien tenemos delante.


Por eso amar también es un ejercicio.


Un hábito.


Una práctica cotidiana de soltar las conclusiones para volver a mirar.


De dejar que el otro pueda ser más grande que la imagen que construimos de él.


Tal vez la presencia no sea otra cosa que eso:


regresar una y otra vez a la realidad del encuentro.


Permitir que cada conversación vuelva a empezar.


Que el vínculo respire.


Y que nosotros también podamos hacerlo.


Quizá la presencia no sea un lugar al que llegamos.


Sea un movimiento.


Un regreso.


La mente se aleja.


Interpreta.


Construye personajes.


Anticipa.


Recuerda.


Juzga.


Y casi sin advertirlo deja de encontrarse con la realidad.


Entonces la práctica consiste en regresar.


Una y otra vez.


No porque ya no vayamos a perdernos.


Sino porque aprendemos a reconocer cuándo nos hemos ido.


Tal vez madurar no consista en dejar de construir historias.


Consista en desarrollar la sensibilidad para soltarlas apenas advertimos que ya no nos permiten ver.


Regresar a lo real.


Regresar al otro.


Regresar a este instante.


Quizá eso sea, finalmente, la presencia.

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