El Panadero

 El panadero


Un panadero nunca discute con el trigo.

No le exige que brote antes de tiempo ni huye ni se enoja porque la masa todavía no ha crecido. Sabe que hay procesos que no responden a la voluntad sino al espacio y al tiempo.

Amasa.

Espera.

Observa.

Se entrega.

Si el invierno demora el crecimiento, no empuja el reloj. Si el verano lo acelera, tampoco intenta detenerlo. Cambia el cuidado, la presencia, no el propósito.

Con los años la paciencia comprende que el Pan no se fabrica, se acompaña.

Como a los vínculos.

Muchas veces se intenta resolver  a una personas como quien intenta corregir una receta. Buscamos la palabra exacta, el gesto perfecto, la respuesta definitiva. Sin darnos cuenta, olvidamos que el otro también está creciendo.

Y nosotros con él.

La vida no insiste porque sea obstinada.

Insiste porque respondemos a cada amanecer desde la misma conciencia del día anterior.

El día es nuevo.

La respuesta antigua.

Por eso cambian los paisajes, los nombres, los trabajos. Sin embargo, algo permanece. No porque la vida repita el guión sino porque  nosotros  leemos con los mismos ojos.

Hasta ese día que sin pensarlo, dejamos de reaccionar y  comenzamos a habitar, y a permanecer.

Entonces el vínculo deja de ser un problema que resolver y se convierte en una posibilidad donde ambos vamos transformándonos.

Como el trigo 

Como la masa.

Como el Pan.

Nadie puede apurar el proceso sin renunciar al sabor.

Nadie puede apurar un vínculo sin renunciar a la profundidad que nos revela cada encuentro. 

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