Epílogo Las manos y el ahora



Las manos son el lugar donde el espíritu se vuelve materia.


Son el puente entre lo invisible y lo visible.


Son el instante en que un pensamiento encuentra un gesto, una emoción encuentra un abrazo, una palabra se encuentra en la página, una intención encuentra sentido.

Descubrí que  libro comienza con el pan y termina en las manos.


Es un círculo perfecto.


Porque el Pan nunca fue solamente Pan.


Siempre fue la forma que encontraron mis manos para decir "gracias".


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Epílogo


Las manos y el ahora


Cuando miro mis manos ya no veo solamente las huellas del tiempo.


Veo los caminos que han recorrido.


Con ellas aprendí a amasar Pan.


A tocar una guitarra.


A escribir una canción.


A abrazar.


A sostener los dedos de mis hijos cuando todavía no podían caminar.


A demorarlas para acariciar el rostro de la mujer que amo.


A preparar un mate.


A despedirme.


A volver a empezar.


Cada línea que las atraviesa guarda una historia.


Cada cicatriz recuerda un aprendizaje.


Cada arruga habla de la vida que pasó por ellas.



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Siempre pensé  en las manos como una herramienta.


Hoy siento que son el lugar donde lo invisible se vuelve visible.


Donde un pensamiento encuentra forma.


Donde una emoción encuentra un gesto.


Donde una palabra se encuentra en la página.


Donde un propósito encuentra sentido.


Todo aquello que el corazón descubre necesita unas manos dispuestas para hacerse realidad.


Sin ellas, el amor permanecería siendo solamente una intención.



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Las manos conocen la sabiduría que muchas veces la mente olvida.


Ellas saben del tiempo y del Pan.


El roce justo de una caricia.


La delicado gesto con que se sostiene al recién nacido.


La paciencia necesaria para sembrar.


La firmeza con la que se acompaña a quien tropieza.


La humildad de pedir perdón.


La alegría de compartir.


Las manos no necesitan explicar la presencia.


La practican.



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Pienso muchas veces en la cantidad de cosas que unas manos pueden construir.


Y también con la facilidad con que pueden destruir.


Con las mismas manos podemos levantar una casa o derribarla.


Podemos herir o sanar.


Cerrar el puño o abrir la palma.


Quizás la verdadera diferencia no esté en las manos.


Sino en aquello que las mueve,  que las guía.


Cuando pensamiento, emoción, palabra y acción encuentran un mismo propósito, las manos dejan de obedecer a un impulso ciego.


Comienzan a obedecer a la conciencia.


Y entonces el trabajo cotidiano, por sencillo que parezca, adquiere una dimensión sagrada.



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A lo largo de estas páginas hablé del Pan.


De las canciones.


De los oficios.


De los hijos.


Del amor.


Del paisaje.


Del tiempo.


Del ahora.


Pero, en el fondo, nunca hablé de temas distintos.


Todos eran las distintas ventanas por donde mirar al interior de la casa con la luz de la presencia.


Porque una vida no se mide por la cantidad de cosas que produce.


Se reconoce por la calidad de presencia con que toca aquello que le fue confiado.



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Si me queda algun sueño, sueño con una vida despierto.

Con poder seguir emocionándome.


Con agradecer el aroma del Pan recién salido del horno.


Con mirar a los ojos antes de hablar.


Con abrazar sin apuro.


Con seguir aprendiendo de los hijos.


Con dejarme enseñar por el paisaje que habito.


Con escuchar el silencio.


Con llegar a la noche sabiendo que estuve presente en el día que me fue regalado.



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Si este libro pudiera dejar una sola invitación, quizás sería ésta:


Que cada uno descubra qué Pan ha venido a amasar.


Cuál es la canción que ha venido a escuchar.


Cuál es el paisaje que respira al ritmo de su corazón.


Cuál es ése amor que está llamado a cuidar.


Y cuáles son las manos que necesita ofrecer al mundo.


Porque todos hemos recibido dones.


Pero cada uno está llamado a convertirlos en una expresión única de la vida.



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No sé cuánto tiempo  me será concedido.


Tampoco sé cuánto Pan amasaran éstas manos .


Cuántas canciones descubrire.


Cuántos amaneceres contemplaré desde esta galería.


No necesito saberlo.


Hoy me alcanza con celebrar y agradecer.


Agradecer al Pan.


A la música.


Al paisaje.


A los abrazos.


A mis maestros.


A los amigos.


A los hijos.


Al amor.


Tambien a las pérdidas que me enseñaron a valorar los encuentros.


Y a este instante.


Siempre este instante.


Porque la eternidad no es un tiempo sin fin.


La eternidad es ésta profundidad con que somos capaces de vivir un solo momento.



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Si alguna vez estas páginas llegan a acompañar a alguien en un tramo de su camino, desearía que le ayuden a recordar.


Desearía que recordara su propia vida.


Que, al cerrar este libro, sintiera el deseo de mirar profundo todo lo cercano y en especial a quienes ama.


De escribir una carta.


De abrazar más fuerte.


De pedir perdón.


De caminar en silencio.


De contemplar el privilegio de abrir los ojos, de respirar y estar de pie.


De volver a mirar las propias manos.


Y descubrir, quizás por primera vez, que ellas siempre supieron el camino.


Porque las manos son el lugar donde la vida encuentra la forma de decir sí.


Y quizás, después de todo lo recorrido, eso sea también lo único que venimos  a aprender.


A recibir con manos abiertas lo que es dado sabiendo que amar es hacer espacio para la libertad.


Que crear es escuchar.


Y que el ahora siempre estuvo aquí, esperando pacientemente que nuestras manos, nuestro corazón y nuestra conciencia se encontraran para convertir cada gesto cotidiano en una humilde celebración del milagro de estar vivos.



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Al escribir éstas páginas descubrí su coherencia.


Sobre ese momento extraordinariamente simple en el que pensamiento, emoción, palabra, acción y propósito dejan de caminar separados y se convierten en una sola respiración.


Ahora comprendo por qué la imagen de las manos apareció al final.


Porque las manos son la prueba de esa coherencia.


Ellas no piensan: realizan.


Ellas no declaran amor: acarician.


Ellas no hablan de servicio: amasan.


Ellas no explican la presencia: la encarnan.


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