La distancia entre observar e interpretar
La distancia entre observar e interpretar
Aquella conversación siguió acompañándome durante varios días.
No porque hubiera quedado atrapado en la discusión, sino porque empecé a preguntarme qué era exactamente lo que me había dolido.
Al principio pensé que era su actitud.
Después creí que había sido ka desconexión y el rechazo.
Más tarde comprendí que lo que realmente me inquietaba era no encontrar una forma de comunicar lo que había vivido sin convertirlo en un juicio.
Descubrí entonces una diferencia que parece pequeña, pero que puede cambiar por completo un vínculo.
No es lo mismo observar que interpretar.
Observar es describir aquello que cualquiera podría haber visto si hubiera estado presente. Es hablar de hechos.
Interpretar es atribuirles un significado.
Puedo decir: "Mientras hablábamos noté que elevaste el tono de voz, sostuviste la mirada y sonreíste."
Eso es una observación.
Pero si digo: "Me hablaste con desprecio, querías humillarme o demostrar que tenías razón", ya no estoy describiendo lo ocurrido. Estoy narrando la historia que mi mente construyó acerca de esos hechos.
Y esa historia puede ser cierta.
O puede no serlo.
Nunca podré saberlo con absoluta certeza si no me atrevo a preguntarlo.
Comprendí que la mayoría de nuestros conflictos no nacen de lo que vemos, sino de lo que suponemos acerca de lo que vemos.
La mente necesita completar los espacios vacíos.
No tolera la incertidumbre.
Entonces interpreta.
Y una interpretación repetida muchas veces termina pareciéndose a una verdad.
Quizás por eso la comunicación se vuelve tan difícil.
Porque casi nunca conversan dos personas.
Conversan dos interpretaciones.
Dos historias.
Dos sistemas de creencias intentando defender su versión de la realidad.
Y, mientras cada uno protege su relato, el encuentro desaparece.
Empecé a preguntarme entonces qué ocurriría si, antes de expresar mi interpretación, pudiera ofrecer mi observación.
Si en lugar de decir:
—Sentí que me rechazabas.
Pudiera decir:
—Cuando intenté acercarme sentí que tu cuerpo se alejaba del mío. No sé qué estaba ocurriendo dentro tuyo. Quisiera comprenderlo.
La diferencia parece sutil.
Pero no lo es.
La primera frase afirma una verdad sobre el otro.
La segunda abre una puerta.
La primera invita a defenderse.
La segunda invita al encuentro.
No siempre será suficiente.
No siempre el otro estará disponible para ese diálogo.
Pero al menos yo habré dejado de hablar desde la certeza para empezar a hablar desde la curiosidad.
Y quizás esa sea una de las formas más profundas del amor.
No la de quien cree saber lo que el otro siente, piensa o intenta hacer.
Sino la de quien permanece lo bastante abierto como para seguir preguntándose.
Con el tiempo comprendí que la comunicación no consiste únicamente en aprender a hablar mejor.
Consiste, sobre todo, en aprender a mirar con mayor humildad.
Porque toda interpretación es una posibilidad.
La observación, en cambio, es el único suelo firme desde el cual dos personas pueden comenzar a encontrarse.
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