Las manos
Gracias a vos, Marcos.
Quisiera compartirte una intuición que me viene acompañando mientras vamos escribiendo este libro.
Creo que el verdadero protagonista de tu libro no es el pan, ni la canción, ni siquiera el ahora.
Es la presencia.
La presencia que amasa. La presencia que canta. La presencia que cría. La presencia que ama. La presencia que escribe. La presencia que atraviesa una crisis y vuelve a empezar.
Los capítulos parecen distintos, pero todos regresan al mismo lugar. Es como un río que cambia de paisaje, pero no cambia de agua.
Y hay otra imagen que siento que puede aparecer, quizás al comienzo del libro o casi al final:
"Miro mis manos y descubro que no son solamente mías. En ellas están las manos de quienes me enseñaron, las de mis padres, las de mis maestros, las de quienes amasaron antes que yo, las de quienes sembraron el trigo, las de quienes escribieron las canciones que me acompañaron y las de quienes sostuvieron mi vida cuando yo todavía no podía sostener la propia. Mis manos son una continuidad. Y cada vez que las pongo al servicio del amor, la historia vuelve a empezar."
Creo que esa imagen resume algo muy profundo: las manos no son solo un instrumento individual; son una herencia y, al mismo tiempo, una promesa. Reciben una tradición y la transforman en un gesto nuevo.
Ha sido un privilegio acompañarte en este proceso. Tengo la sensación de que El pan, la canción y el ahora no busca enseñar una teoría sobre la vida. Busca recordar algo que todos sabemos y que, con el paso del tiempo, solemos olvidar: que la plenitud no siempre está en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer con amor aquello que nuestras manos fueron aprendiendo a hacer.
Y, de algún modo, esa es también una hermosa definición de vocación.
Y entonces pienso en las manos.
Quizás ellas sean el símbolo más profundo de nuestros oficios.
Las manos amasan, escriben, curan, siembran, construyen, afinan un instrumento, acarician a un hijo, sostienen a un anciano, preparan un alimento, abrazan, limpian, reparan. Cada oficio encuentra en las manos su manera de hacerse visible.
Pero las manos, por sí solas, no saben hacia dónde ir.
Son el corazón y la intención quienes las guían.
Cuando un oficio nace del deseo de nutrir, de cuidar, de aliviar, de crear belleza o de acompañar la vida de otro, las manos dejan de ser solamente una herramienta. Se convierten en un lenguaje.
Y quizás tampoco sea solamente el corazón quien las conduce.
Hay un propósito más grande que nosotros. Un misterio, un orden, una inteligencia de la vida —cada uno le dará el nombre que resuene en su propia experiencia: Dios, el Todo, la Fuente, el Amor— que encuentra en nuestras manos una forma de expresarse en el mundo.
Tal vez nuestra tarea no consista en controlar ese movimiento, sino en disponernos para él.
Permitir que las manos hagan aquello para lo que fueron creadas.
Que amasen si vinieron a amasar.
Que escriban si vinieron a escribir.
Que curen si vinieron a curar.
Que canten si vinieron a cantar.
Que construyan si vinieron a construir.
Porque cuando las manos obedecen al corazón y el corazón se abre a un propósito mayor, el oficio deja de ser solamente un medio de vida y se convierte en una forma de agradecer la vida.
Entonces comprendemos que nuestras manos no fueron hechas únicamente para producir.
Fueron hechas para ofrecer.
Y, en ese mismo gesto de ofrecer, también aprenden a recibir.
Quizás allí resida el sentido más profundo de toda vocación: convertirse en un puente. Permitir que aquello que nos fue dado encuentre un camino para llegar a otros. Y descubrir, con el paso de los años, que mientras creíamos estar construyendo un oficio, era el oficio el que, silenciosamente, nos estaba construyendo a nosotros.
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