Segunda Parte. La palabra que nos encuentra. Capítulo V La canción

 Qué hermoso llegar hasta aquí.


Mientras preparaba este capítulo recordé una frase que escribimos hace un tiempo y que, para mí, cambió el rumbo del libro:


"Las canciones no se escriben. Las canciones se encuentran cuando encuentran espacio."


Sentí que esa frase no habla solamente de la música. Habla también de la vida, del amor, de las palabras y hasta del pan. Por eso creo que este capítulo es mucho más que un capítulo sobre canciones. Es un capítulo sobre la escucha.



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Segunda Parte


La palabra que nos encuentra


Capítulo V


La canción


"Las canciones no llegan para ser inventadas. Llegan cuando encuentran un corazón dispuesto a escucharlas."


Durante muchos años dije que escribía canciones.


Era una forma sencilla de explicarlo.


Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a sospechar que esa frase no era del todo verdadera.


Hoy siento que las canciones nunca fueron completamente mías.


Yo solamente estaba allí cuando ellas decidían aparecer.



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Hay momentos en los que una canción llega entera.


Como una visita inesperada.


Una melodía.


Una imagen.


Una frase.


Todo parece presentarse al mismo tiempo, como si hubiera estado esperando pacientemente el instante adecuado para hacerse visible.


Otras veces sucede lo contrario.


Una única palabra permanece durante semanas.


Una armonía insiste.


Una imagen vuelve una y otra vez mientras camino, mientras amaso pan o mientras observo el paisaje.


La canción todavía no existe.


Pero ya comenzó a respirar.



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Aprendí que la ansiedad es una mala compañera para quien crea.


Las canciones no obedecen las órdenes.


No aparecen porque uno las exija.


No aceptan horarios.


No responden a la impaciencia.


Son semejantes a los pájaros.


Si uno intenta atraparlos con violencia, huyen.


Pero cuando el lugar transmite calma, muchas veces son ellos quienes deciden acercarse.


También la inspiración necesita sentirse invitada.



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Con el tiempo descubrí que escribir una canción tiene mucho menos que ver con hablar que con escuchar.


Escuchar aquello que todavía no tiene forma.


Escuchar lo que una emoción intenta decir.


Escuchar el silencio que existe entre dos palabras.


Escuchar aquello que la vida viene susurrando desde hace tiempo y que, por alguna razón, recién ahora estamos preparados para comprender.


Tal vez el compositor no sea quien inventa una obra.


Tal vez sea quien desarrolla la paciencia suficiente para reconocerla cuando llega.



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La música me enseñó algo que luego encontré en todos los demás oficios.


Nada verdaderamente vivo puede ser forzado.


Una melodía madura igual que una masa.


Una amistad madura igual que un árbol.


Un hijo madura igual que una estación.


Existe un tiempo interior que ninguna voluntad puede acelerar.


Comprender eso fue una de las mayores liberaciones de mi vida.


Dejé de perseguir canciones.


Comencé a preparar el espacio donde pudieran nacer.



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Muchas veces creemos que la creatividad consiste en producir.


La música me enseñó otra cosa.


Consiste en disponerse.


Hay días en que no aparece ninguna palabra.


Y, sin embargo, el trabajo continúa.


Escuchar también es trabajar.


Caminar también es trabajar.


Contemplar también es trabajar.


Guardar silencio también es trabajar.


Porque todo eso prepara la tierra.


Y cuando la tierra está lista, la semilla reconoce su momento.



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Con los años comprendí que las canciones llegan para enseñarle algo al propio autor antes que a cualquier oyente.


Cada una de ellas vino a mostrarme un aspecto de mí mismo que todavía no conocía.


Algunas me reconciliaron con el dolor.


Otras me ayudaron a nombrar la alegría.


Algunas nacieron del amor.


Otras de la pérdida.


Algunas fueron escritas para comprender.


Otras simplemente para agradecer.


Ninguna fue inútil.


Incluso aquellas que nunca fueron grabadas o cantadas en público dejaron una huella profunda.


Porque una canción no necesita ser escuchada por miles de personas para cumplir su propósito.


A veces basta con transformar la vida de quien la escribió.



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Existe una antigua costumbre de preguntar de qué trata una canción.


Con el tiempo aprendí que esa pregunta no siempre puede responderse.


Las canciones no explican.


Sugieren.


Abren.


Insinúan.


Son semejantes a las ventanas.


No obligan a mirar un paisaje determinado.


Simplemente permiten que la luz entre.


Quizás por eso la buena música nunca termina de agotarse.


Cada persona encuentra en ella algo distinto.


Y cada vez que volvemos a escucharla, nosotros también somos distintos.



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La palabra cantada posee una cualidad especial.


No sólo comunica una idea.


También comunica un estado del alma.


Una misma frase puede cambiar completamente cuando encuentra la melodía adecuada.


Como ocurre con las personas.


No sólo importa lo que decimos.


Importa desde dónde lo decimos.


La verdad no habita únicamente en las palabras.


Habita en la presencia con la que son pronunciadas.



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Muchas de mis canciones nacieron caminando.


Otras aparecieron mientras amasaba pan.


Algunas llegaron en medio de una conversación.


Otras durante un viaje.


Eso terminó de convencerme de que la inspiración no visita únicamente el escritorio del artista.


Visita la vida.


Lo que cambia es nuestra disponibilidad para reconocerla.


Cuando vivimos distraídos, las canciones pasan de largo.


Cuando habitamos el presente, comienzan a encontrarnos.



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Hay una imagen que me acompaña desde hace muchos años.


Imagino que las canciones existen antes de nosotros.


Como si flotaran silenciosamente esperando un corazón capaz de albergarlas.


No sé si esa imagen es verdadera.


Pero sí sé que se parece mucho a lo que siento cada vez que una canción aparece.


Nunca tengo la sensación de haber fabricado algo.


Siento, más bien, que fui invitado a participar de un misterio.


Y ese misterio siempre merece gratitud.



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Con el tiempo comprendí que toda la vida posee una dimensión musical.


Respiramos siguiendo un ritmo.


El corazón pulsa.


Las estaciones regresan.


Las mareas avanzan y retroceden.


El día y la noche alternan su danza.


Hasta el pan tiene su propio compás: el tiempo del amasado, de la fermentación y del horno.


Quizás la música no sea un arte separado de la vida.


Quizás la vida misma sea música.


Y nosotros pasemos los años intentando recordar la melodía que nos fue confiada.



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Hoy ya no me preocupa escribir muchas canciones.


Me preocupa vivir de tal manera que, si una canción decide buscarme, me encuentre disponible.


Con el corazón despierto.


Con las manos ocupadas en un trabajo honesto.


Con la humildad suficiente para saber que no soy dueño de aquello que recibo.


Las canciones, como el pan y como el amor, no toleran la posesión.


Necesitan libertad.


Llegan.


Habitan un tiempo entre nosotros.


Y luego continúan su viaje en la vida de quienes las escuchan.


Quizás ése sea su verdadero destino.


Y quizás también sea el nuestro.


No retener la belleza.


Sino convertirnos, por un instante, en el lugar donde la belleza pueda hacerse audible.



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Al terminar este capítulo, siento que aparece con claridad una idea que atraviesa toda tu obra: el ser humano no es tanto un fabricante de belleza como un anfitrión de ella. Esa intuición dialoga con el pan, con la presencia y con la creatividad, y prepara maravillosamente el próximo capítulo.


Creo que "La palabra y la escritura" será uno de los más íntimos del libro. Allí ya no hablaremos de la canción como sonido, sino de la palabra como acto de escucha, de memoria y de revelación. Allí recuperaremos aquel texto que escribimos juntos: "Escribimos para escuchar lo que el corazón ya sabía antes que la mente pudiera nombrarlo."


Siento que ese capítulo será una continuación natural de esta música que acabamos de recorrer.

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