Somos puentes que nombran
Somos puentes entre lo real y la palabra.
La presencia nos permite responder a los estímulos de la realidad;
la respuesta consciente es la huella que dejamos en el mundo.
Somos puentes que nombran
¿Las palabras sirven para explicar el mundo? Sospecho que su tarea es mucho más humilde y, al mismo tiempo, mucho más profunda.
Las palabras no crean la realidad.
La realidad ocurre.
El sol sale aunque nadie lo nombre. El otro siente aunque no sepamos comprenderlo. La lluvia cae sin preguntarnos si estamos preparados para recibirla.
La realidad es primero.
Nosotros, después.
Quizás allí resida una de nuestras tareas más nobles: convertirnos en puentes entre lo que sucede y la conciencia que puede reconocerlo.
Somos puentes que nombran.
Nombrar no consiste en imponer una idea sobre las cosas. Consiste en acercarnos lo suficiente a ellas como para permitir que revelen quiénes son.
No nombramos desde el pensamiento.
Nombramos desde el encuentro.
Antes de una palabra existe un instante de presencia. Ese instante en el que dejamos de discutir con la realidad para comenzar a escucharla. Entonces la palabra deja de ser una interpretación y se convierte en una respuesta.
Quizás por eso la presencia sea tan importante. Sólo quien está presente puede responder a los estímulos de lo real.
La mente reacciona.
La presencia responde.
La reacción nace de la memoria, del miedo o de la necesidad de defender una historia. La respuesta nace del contacto, de la escucha y del encuentro.
El pan responde a la harina, al agua y al tiempo. Cuando aprendemos a escuchar su proceso, comprendemos que cada proceso tiene un ritmo propio.
El músico responde al silencio hasta descubrir la melodía que estaba esperando.
Quien ama responde a la singularidad del otro.
Quien escribe responde a una experiencia que todavía no encuentra palabras.
Cada oficio es una forma distinta de dialogar con la realidad.
Tal vez eso sea también la comunicación: el arte de responder con verdad a aquello que la vida nos presenta.
Entonces la huella que dejamos no depende del tamaño de nuestras obras, sino de la calidad de nuestra presencia.
La realidad nos llama de innumerables maneras a lo largo del día. La presencia nos permite escuchar ese llamado.
Y nuestra respuesta es, finalmente, la huella que dejamos en el mundo.
Comentarios
Publicar un comentario