Cuento, La carta que cae del árbol
La carta que cayó del árbol
Había una vez un niño con la cabeza llena de caminos.
Mientras sus pies iban por una vereda, sus pensamientos corrían por otra.
Sus manos hacían una cosa y sus ojos miraban otra.
Su boca hablaba y hablaba, pero sus palabras ya estaban pensando en lo que iba a decir después.
Y así caminaba, día y noche.
con los pies aquí,
las manos allá,
los ojos lejos,
y el pensamiento quién sabe dónde.
Una tarde agotado de tanto y tanto caminar se sentó debajo de un árbol.
El árbol era enorme.
Tenía raíces que parecían manos enterradas en la tierra y ramas que parecían brazos abiertos hacia el cielo.
El niño levantó la mirada.
—¿Cómo hacés para estar en tantos lugares a la vez? —le preguntó.
El árbol no respondió.
Solo dejó caer una hoja.
La hoja bajó girando lentamente y se apoyó sobre sus manos.
El niño la miró.
¿Era una pequeña carta amarilla?.
No tenía letras.
La acercó a los ojos para ver mejor pero nada.
La tocó con los dedos.
Sintió sus pequeñas venas, como caminos dibujados sobre la piel.
La puso sobre la tierra.
La hoja se quedó quieta.
El niño apoyó también sus pies.
Sintió la tierra debajo de ellos.
Firme.
Tibia.
Como si la tierra dijera:
aquí.
El niño volvió a mirar la hoja.
Quizás aquella era la primera palabra de la carta.
Aquí.
Entonces escuchó un sonido.
Una rama se movió.
Después otra.
El viento pasó entre las hojas y el árbol entero pareció respirar.
El niño cerró los ojos.
Su oído se llenó de pequeños sonidos.
Un pájaro.
El viento.
Una abeja.
El roce de las hojas.
El silencio entre un sonido y otro.
Abrió los ojos.
Ahora su mirada estaba allí también.
Bajo el árbol.
Sobre la hoja.
Bajo la luz que atravesaba las ramas.
Una hormiga caminaba por su pie.
El niño la observó.
Tan pequeña.
Tan ocupada.
Iba llevando una miguita que parecía enorme.
Sus pies estaban quietos.
Sus ojos estaban atentos.
Sus manos sostenían la hoja.
Su oído escuchaba.
Y, por primera vez, su pensamiento parecía haber encontrado un camino que lo traía de regreso.
Ya no estaba corriendo en todas direcciones.
Estaba allí.
En él y en todo lo que lo rodeaba.
El niño sonrió.
—¿Esta cartatienetu mensaje, no? —preguntó al árbol.
El árbol volvió a mover sus ramas.
Otra hoja cayó.
Después otra.
Y otra.
El niño supo entonces que el árbol se expresaba con todo su ser:
con las hojas,
con las ramas,
con la sombra,
con el viento,
con la luz.
Su lenguaje no estaba hecho de palabras.
Nombraba con su presencia. Con su estar.
El niño levantó una mano.
La hoja estaba allí.
Miró.
Allí estaba su mirada.
Escuchó.
Allí estaba su oído.
Sintió.
Allí estaban sus manos.
Sintió la tierra.
Allí estaban sus pies.
Y cuando pudo poner una palabra en su boca habló, y escuchó por primera vez su propia voz.
Allí estaba su palabra.
Todo había vuelto a encontrarse ahí:
las manos donde las manos tocaban,
los pies donde los pies pisaran,
Los ojos dónde la mirarada mirara
el oído donde los sonidos brotaban,
la palabra donde
la voz nombrara,
la acción donde ocurríla lo que hacía,
Para que así, el pensamiento pudiera sentarse, por fin, junto a todo aquello y en calma poder decir ¡gracias!.
Versión canción
Tenia la cabeza llena de caminos.
Así caminaba, día y noche.
con los pies aquí,
las manos allá,
los ojos lejos,
y el pensamiento quién sabe dónde.
Agotado de andar tanto
y seguir en el mismo lugar
se sentó debajo de un árbol
Y acepto su sombra
Se entregó a lo que este le ofrecía.
De repente sobre su mano
Cayó una hoja.
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