Cuento

 El camino de regreso


Cuentan que en aquel pueblo habían conseguido eliminar casi todas las formas de conflicto.


No había discusiones en las casas, porque desde pequeños los habitantes aprendían a identificar aquello que podía alterarlos y a retirarse antes de que sucediera.


Existían habitaciones en las casas para la tristeza, caminatas guiadas para regular el enojo y te de yerbas naturales que ayudaban a recuperar el equilibrio después de una conversación difícil.


Las parejas duraban mucho.


Las familias también.


La gente se felicitaba mutuamente por su estabilidad.


El único problema era que casi nadie se conocía demasiado.


El Ministerio del Bienestar Relacional había descubierto, muchos años atrás, que la mayoría de los conflictos nacían de un error de percepción.


—El otro no es el problema —decían los manuales—. El problema es la reacción que produce en ustedes.


Por eso habían inventado el Retorno.


Cada vez que una persona sentía que alguien comenzaba a alterar su equilibrio, debía activar el dispositivo.


Una luz azul aparecía en la muñeca.


Durante treinta segundos, el sistema analizaba la respiración, el ritmo cardíaco y las palabras pronunciadas.


Después decía:


—Usted está reaccionando.


Y ofrecía tres opciones:


Retirarse.


Desconectarse.


Reformular.


La mayoría elegía retirarse.


Un martes por la tarde, Elías llegó a su casa y encontró a su hija sentada en el suelo de la cocina.


Tenía dieciséis años y llevaba varios minutos llorando.


Elías dejó las llaves sobre la mesa.


—¿Qué pasó?


—Nada.


El dispositivo de su muñeca emitió una pequeña vibración.


Probable respuesta defensiva.


Elías respiró.


—Podés contarme.


—No quiero.


La pantalla volvió a encenderse.


Mantenga una distancia emocional saludable.


Elías dio un paso atrás.


—Cuando quieras hablar, estoy en la habitación.


Se fue.


Su hija siguió llorando.


Esa noche Elías recibió una notificación:


Felicitaciones. Ha evitado una escalada emocional.


Durante los días siguientes, recibió otras felicitaciones.


Había evitado una discusión con su esposa.


Había evitado responder a un compañero de trabajo.


Había evitado llamar a su hermano.


Su índice de estabilidad aumentaba.


Pero algo extraño comenzó a suceder.


Ya no sabía cuándo estaba tranquilo y cuándo simplemente estaba lejos.


Una noche apagó el dispositivo.


Al principio sintió miedo.


Después, una especie de silencio.


Su esposa entró en la habitación.


—¿Por qué lo apagaste?


—No sé.


Ella lo miró.


—Eso no es una respuesta.


Elías sintió que algo se tensaba en su pecho.


Durante un instante tuvo el impulso de retirarse.


Después quiso explicar.


Después quiso defenderse.


Después quiso culparla.


Todas esas respuestas aparecieron casi al mismo tiempo.


Y entonces comprendió algo que ningún manual había mencionado:


no podía elegir lo que aparecía primero.


Podía elegir qué hacer después.


Pero no podía impedir que apareciera.


Miró a su esposa.


—Estoy enojado.


Ella no respondió.


—Y no sé exactamente por qué.


El silencio se volvió incómodo.


Elías esperó que ella lo tranquilizara.


No lo hizo.


Entonces apareció nuevamente el deseo de escapar.


Pero esta vez no se fue.


Se quedó sentado.


No dijo nada.


El enojo seguía allí.


También el miedo.


También el deseo de tener razón.


Por primera vez no intentó corregir ninguna de esas cosas.


Las dejó estar.


Después de unos minutos, su esposa dijo:


—Yo también tengo miedo.


Elías levantó la mirada.


Y en ese momento sucedió algo que el Ministerio del Bienestar Relacional no había previsto.


Ninguno de los dos se retiró.


No resolvieron el problema.


No llegaron a un acuerdo.


No encontraron una frase inteligente que explicara lo que estaba ocurriendo.


Simplemente permanecieron allí.


Al día siguiente Elías fue a buscar a su hija.


La encontró nuevamente en la cocina.


—¿Podemos hablar?


Ella levantó los hombros.


—No sé.


Elías se sentó en el suelo.


No preguntó nada.


Después de un rato, su hija apoyó la cabeza sobre sus piernas.


Elías sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.


El dispositivo, que había quedado apagado sobre la mesa, no registró nada.


Por primera vez en muchos años, no hubo ninguna máquina que pudiera decirle si estaba haciendo las cosas bien.


No había una puntuación.


No había una fórmula.


No había una salida recomendada.


Solo estaba allí.


Con su hija.


Con su miedo.


Con todo aquello que no entendía.


Mucho tiempo después, cuando la ciudad comenzó a desconfiar de sus propios dispositivos, algunos investigadores descubrieron algo curioso.


Las personas que habían aprendido a retirarse de toda situación incómoda no sufrían menos.


Simplemente sufrían solas.


Y las personas que habían aprendido a permanecer no tenían menos conflictos.


Tenían más.


Pero también tenían algo que los otros habían perdido:


la posibilidad de transformarse.


Entonces modificaron el lema de la ciudad.


Durante años había dicho:


“Evite aquello que altere su equilibrio.”


Lo cambiaron por una frase mucho más difícil:


“Permanezca cuando pueda.”


Y debajo, en letras pequeñas, agregaron:


“Si se va, aprenda el camino de regreso.”

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