El camino de regreso

 El camino de regreso


Hay algo que todavía me cuesta aceptar de los vínculos:


que no vienen a tranquilizarnos.


Venimos de una mente acostumbrada a reaccionar. Una mente que necesita recortar lo que sucede para poder reconocerlo, ponerle un nombre, encontrarle una causa y decidir qué hacer con eso.


Es una mente reactiva y, al mismo tiempo, controladora.


Quiere saber qué está pasando. Quiere anticiparse. Quiere tener razón. Quiere protegerse de aquello que no puede comprender.


Pero un vínculo no se deja recortar tan fácilmente.


Un hijo no.


Una pareja tampoco.


Hay algo en ellos que siempre se escapa de lo que creemos saber.


Y quizás ahí esté precisamente lo más valioso.


Porque cuando alguien entra verdaderamente en nuestra vida, trae consigo una cantidad de información que no podemos procesar de inmediato. Un gesto, una palabra, una distancia, una mirada, algo que se dice o que no se dice.


Y todo eso nos afecta.


Nos mueve.


Nos desorganiza.


A veces nos enoja.


A veces nos da miedo.


A veces nos despierta una tristeza que no sabíamos que estaba ahí.


Durante mucho tiempo pensé que esa desorganización era un problema. Que un vínculo sano debería producir tranquilidad, certezas, una sensación de que todo estaba en su lugar.


Hoy empiezo a pensar otra cosa.


Quizás sea saludable que un vínculo nos desorganice.


Porque quiere decir que estamos ahí.


Que todavía no convertimos al otro en una idea.


Que todavía podemos ser sorprendidos.


Un hijo nos muestra esto con una claridad enorme. Podemos acompañarlo, cuidarlo, enseñarle algunas cosas, pero nunca podremos saber completamente quién será. Su misterio no nos pertenece.


Y quizás amar sea aceptar justamente eso.


Lo mismo sucede con una pareja.


Podemos creer que conocemos al otro, hasta que una palabra, una decisión o una manera diferente de mirar las cosas abre una puerta que no sabíamos que existía.


Entonces aparece la reacción.


Algunos nos desconectamos.


Otros nos alejamos.


Otros atacamos.


Nos enojamos, rechazamos, negamos, levantamos la voz.


Cada uno tiene su propia manera de defenderse de aquello que no puede controlar.


Y es importante comprender que esto no es una cuestión moral.


No somos malos porque reaccionamos.


Tampoco vamos a dejar de hacerlo solamente porque decidamos ser mejores personas.


La buena intención puede acompañar el proceso, pero no puede modificar por sí sola la estructura desde la que percibimos la realidad.


Los pensamientos aparecen.


Las emociones aparecen.


El miedo aparece.


La defensa aparece.


No los producimos deliberadamente. Funcionan en nosotros de una manera semejante a otros procesos del cuerpo que suceden sin que tengamos que ordenarlos.


Por eso quizás necesitemos ser más honestos, más pacientes y más amorosos con nosotros mismos.


No para justificar aquello que hacemos.


Sino para poder verlo.


Porque reconocer nuestra reacción no significa decir: “yo soy así”.


Significa poder decir: “esto es lo que sucede en mí cuando percibo la realidad de esta manera”.


Y desde ahí comienza una posibilidad.


No siempre podremos detener la reacción en el instante.


Podemos saber muchísimo sobre nosotros mismos y, sin embargo, encontrarnos nuevamente frente al otro levantando la voz, cerrándonos, huyendo o atacando.


El conocimiento llega a veces después.


La presencia, entonces, no es perfección.


Es atención.


Es poder volver.


Volver después de haber reaccionado.


Reconocer.


Escuchar.


Pedir perdón.


Reparar cuando sea posible.


Y volver a intentarlo.


Quizás el aprendizaje no esté en conseguir que la reacción desaparezca, sino en ampliar ese pequeño espacio que existe entre lo que sucede dentro de nosotros y aquello que hacemos con eso.


Un espacio de un segundo.


A veces menos.


Pero suficiente para que algo diferente pueda comenzar.


Porque los vínculos que llegan a nuestra vida vienen cargados de información.


Información sobre el otro, pero también sobre nosotros.


Vienen a mostrarnos aquello que todavía no vemos.


A veces esa información nos permite crecer juntos.


Otras veces nos muestra una diferencia que no podemos atravesar.


Y quizás algunos vínculos permanezcan y otros vayan quedando en el camino.


No podemos saberlo de antemano.


No hay certeza sobre quién se quedará, quién se irá, qué forma tendrá una relación dentro de algunos años, ni qué transformación producirá en nosotros cada encuentro.


La presencia tampoco consiste en retener.


Consiste en participar.


Estar disponibles para la experiencia que la vida acerca.


Escuchar lo que trae.


Aceptar que puede transformarnos.


Y después llevar esa transformación a lo cotidiano.


Porque quizás sea allí donde realmente ocurre el aprendizaje.


No en lo que pensamos sobre el amor, sino en cómo hablamos.


No en lo que creemos saber sobre nuestros hijos, sino en cómo los miramos.


No en lo que decimos acerca de la presencia, sino en cómo respondemos cuando algo nos desorganiza.


Nuestros hijos, nuestras parejas, nuestros amigos no necesitan que sepamos hacerlo todo bien.


Quizás necesitan encontrarse con alguien que pueda reconocer cuando se equivoca, que pueda volver, que pueda escuchar y que pueda aprender.


Y tal vez eso sea también una forma de enseñar.


No desde el discurso.


Desde el hacer.


Porque aquello que practicamos en nuestra vida cotidiana también resuena en quienes comparten la vida con nosotros.


Aprendemos juntos.


Nos transformamos juntos.


Y quizás evolucionar no sea otra cosa que permitir que aquello que la vida nos trae encuentre una forma concreta de convertirse en experiencia, en acción y, finalmente, en una nueva manera de estar con los demás.


Y con nosotros mismos.

No somos culpables de nuestra reacción 

Si somos responsables de lo que hacemos con ella.

Comentarios

Entradas populares