El enojo

 

El enojo


¿Por qué está mal visto exteriorizar una emoción cómo el enojo?


¿Por qué una emoción como la alegría es celebrada, felicitada y hasta compartida y el enojo es rechazada, juzgada, castigada y debe ser negada transformada y gestionada?


Quizás el problema no sea el enojo, sino lo que hacemos con él y lo que culturalmente aprendimos a pensar de él.


La alegría suele ser una emoción que confirma los vínculos: invita a compartir, acercarse, celebrar. El enojo, en cambio, suele aparecer cuando algo interrumpe, amenaza, invade o contradice lo que necesitamos o esperamos. Por eso puede incomodar al otro: no necesariamente porque sea una emoción “mala”, sino porque puede poner en cuestión un orden, un límite o una relación.


También hay una diferencia importante entre sentir el enojo y ejercerlo sobre otro. Una cosa es reconocer: “estoy enojado, algo de esto me está afectando”. Otra es convertir ese enojo en agresión, violencia, humillación o castigo. La emoción puede ser legítima aunque determinada forma de expresarla no lo sea.


Entonces: ¿qué hacemos cuando el enojo aparece? ¿Lo negamos? ¿Lo descargamos? ¿Lo transformamos inmediatamente en algo aceptable? ¿O podemos permanecer presentes frente a él y escucharlo antes de responder?


Quizás el problema no sea el enojo.


Quizás lo que nos incomoda sea aquello que el enojo viene a revelar.


La alegría confirma. Acerca. Celebra. El enojo, en cambio, suele aparecer cuando algo irrumpe en aquello que esperábamos, cuando un límite es atravesado, cuando una necesidad no es escuchada, cuando algo de la realidad se vuelve intolerable para nosotros.


Por eso puede resultar incómodo. Porque el enojo puede señalar una diferencia, cuestionar un acuerdo, poner un límite o revelar algo que preferiríamos no mirar.


Pero sentir enojo no es lo mismo que ejercer violencia.


Puedo estar enojado sin agredir. Puedo reconocer mi enojo sin convertirlo en una condena para el otro. Puedo sentir toda su intensidad sin necesariamente obedecerlo.


Tal vez no se trate entonces de gestionar el enojo para hacerlo desaparecer ni de transformarlo rápidamente en una emoción más aceptable.


Tal vez se trate, primero, de estar presentes frente a él.


Preguntarnos: ¿qué está mostrando? ¿Qué está defendiendo? ¿Qué límite está señalando? ¿Qué expectativa se rompió? ¿Qué parte de mí se siente amenazada?


La presencia no niega lo que sentimos. Nos permite permanecer junto a eso que sentimos sin quedar completamente tomados por ello.


Quizás el enojo también sea una forma en que la realidad nos llama.


Y nuestra tarea no sea silenciar esa llamada, sino escucharla.


Porque una emoción no necesita ser buena o mala.


Necesita ser reconocida.


Después vendrá nuestra responsabilidad: decidir qué hacemos con ella.

Regresar de la narrativa mental a la experiencia concreta.

 El enojo puede ser una puerta de entrada muy clara para mostrar que presencia no significa estar siempre en calma, sino poder estar presentes incluso cuando aquello que sentimos es incómodo.


El trabajo con el enojo ya no consiste solamente en comprender qué viene a mostrar, sino en aprender a permanecer cerca del otro mientras lo sentimos.


Porque hay algo que la experiencia parece estar enseñándo: el enojo puede tener un mensaje legítimo, pero la manera, la forma,  el "cómo" lo expreso puede producir exactamente lo contrario de aquello que necesitamos.


Si lo que hay debajo del enojo es una necesidad de ser escuchado, un deseo de cercanía, un límite que necesita ser reconocido o el temor a perder algo que amamos, una reacción impulsiva puede terminar alejando justamente a esa persona.

Entonces:

¿Qué sentido tiene aquello que me enoja si la manera de expresarlo me termina alejando del encuentro con la diferencia?

No se trata de negar el enojo para conservar el vínculo. Tampoco de aprender a callar para que el otro permanezca. Se trata de encontrar una tercera posibilidad: poder sentir el enojo sin convertirlo en distancia.

Algo así como permanecer. No actuar inmediatamente. Sentir la intensidad sin entregarle el mando de nuestras palabras y nuestros actos. Y, sobre todo, poder recordar en medio del enojo qué es lo que realmente queremos cuidar.

¿ Puedo estar enojado y seguir cerca?

¿Puedo poner un límite sin abandonar el vínculo?

¿Puedo decir lo que me duele sin lastimar?

¿Puedo sentir el rechazo sin poner distancia?

¿Puedo defenderme sin atacar?

O quizás

¿Cómo hago para que mi enojo no  aleje a las personas que quiero cerca?

Allí el enojo deja de ser  una emoción que hay que “gestionar” y se convierte en una práctica,  en un ejercicio de presencia dentro del vínculo: el enojo como un oficio de presencia.


No porque haya que aprender a no enojarse, sino porque hay que aprender a permanecer presentes cuando el enojo aparece. Permanecer con nosotros, con lo que sentimos y también con el otro.


No se trata de dejar de sentir enojo.

Se trata de aprender a no perdernos en él.


Y quizás el verdadero oficio sea poder sostener simultáneamente dos cosas que parecen contradictorias: mi enojo y mi amor por el otro.


¿Puedo estar enojado y seguir presente?

¿Puedo estar dolido y seguir disponible?

¿Puedo poner un límite sin romper el puente?

¿Puedo necesitar distancia sin que sea abandono?

¿Puedo decir lo que me pasa sin hacer del otro el enemigo?

¿Puedo sostener el enojo sin que el vínculo llegue a su fin?

Ahí la presencia vuelve a ser ese ejercicio de regresar:  regresar del impulso a la elección, de la reacción a la respuesta, de la historia que construye la mente a aquello que realmente está ocurriendo.


Además,  la presencia no es solamente una decisión mental; necesita energía disponible.


En teoría parecería sencillo: llega el estímulo, aparece la reacción (el rechazo, el enojo), lo observo, comprendo qué está pasando y elijo cómo responder.

 Pero en la experiencia concreta hay algo mucho más corporal.

 Cuando estamos agotados, cansados, saturados, preocupados o sobreestimulados, disminuye esa capacidad de detenernos en el espacio entre el estímulo y la respuesta.


Entonces quizá no sea justo decir simplemente “tengo que aprender a gestionar mi enojo”. También habría que preguntarse:


¿Con cuánta energía estoy llegando a este encuentro?

¿Cuánta presencia tengo disponible para leer y escuchar lo que está ocurriendo?

¿Cuánto agotamiento estoy llevando conmigo?


La templanza también necesita espacio.


Quizás, cuidar nuestra energía disponible también es una manera de cuidar nuestros vínculos. No solamente para estar mejor nosotros, sino para poder seguir viendo al otro cuando algo nos toca profundamente.


El enojo puede aparecer en una fracción de segundo. La presencia, en cambio, requiere disponibilidad para poder entrar en esa fracción de segundo y habitarla.


Ahí también hay un verdadero oficio.


No siempre vamos a poder. Habrá días en que el agotamiento gane, o que la atención y la conciencia no estén presentes y  que reaccionemos mecánicamente, o que digamos algo que después lamentemos. Pero quizás la práctica no consista en alcanzar una especie de estado permanente de calma, sino en aumentar, poco a poco, nuestra capacidad de regresar.


Regresar al cuerpo.

Regresar a la respiración.

Regresar al registro del otro.

Regresar a lo que realmente queremos cuidar.


Y quizás una de las preguntas más honestas de este aprendizaje sea:


¿Tengo en este momento la energía necesaria para permanecer presente frente a esto que está ocurriendo?


Si la respuesta es no, quizá también sea un acto de amor y de presencia reconocerlo.


Aveces la respuesta consciente es silenciarnos.  

Es esperar.

Es tomar aire.

Es pedir un espacio de tiempo.

Es retirarse de la situación sin abandonar para ordenarnos.

Es poder decir: “Ahora mismo no tengo la disponibilidad necesaria para hablar de esto sin lastimar. Necesito un momento para ordenarme y regresar.”


Eso es no alejarse. Es elegir no permanecer en el enojo porque lo más importante es el encuentro con el otro. 


Es aprender una y otra vez en el ejercicio  de la práctica, con cada experiencia, a tomar distancia de la reacción, y no tomar distancia de la persona.

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