El espacio, la canción el pan, la materia
El pan, la canción y el ahora
Quizás la canción sea mi manera de acercarme a aquello que no tiene forma. Ese espacio de silencio donde algo se insinúa, donde una melodía aparece antes de ser cantada, donde una emoción busca un cauce.
Y quizás la panificación sea mi manera de entrar en contacto con la materia. La harina entre las manos, el agua, la levadura, el tiempo. La masa que espera, que cambia, que necesita de mí, pero que también me enseña a no intervenir cuando no corresponde.
Durante mucho tiempo pude haber pensado que se trataba de dos mundos diferentes: el de la inspiración y el del trabajo; el de lo invisible y el de las cosas concretas.
Hoy empiezo a percibir otra posibilidad.
Tal vez no se trate de elegir entre uno y otro, sino de tejer un puente para que ambas dimensiones puedan encontrarse en mi vida.
Que la canción no quede suspendida en un espacio ajeno a la realidad.
Que el pan no se convierta en una tarea desprovista de sentido.
Que uno pueda alimentar al otro.
Porque la canción también necesita de la materia: de una voz, de un cuerpo, de un instrumento, de un tiempo para ser escuchada.
Y el pan, aunque pueda parecer una cosa sencilla, guarda algo que no se ve: el tiempo, la espera, la transformación, la atención de quien lo amasa.
Quizás el espíritu no esté en otro lugar.
Quizás esté también en la manera en que toco la masa, en cómo escucho una canción, en cómo espero que algo madure.
El equilibrio no consiste en permanecer inmóvil entre dos dimensiones, sino en aprender a habitarlas sin perder el centro.
A veces, el espíritu necesita encontrar una forma.
Y a veces, la forma necesita recordar de dónde nació.
Que la canción habite el pan. Que el pan sostenga la canción. Y que ambos encuentren en el ahora el lugar donde la vida se expresa
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