El oficio que elegí

 El oficio que elegí

¿qué estamos dispuestos a sacrificar para conseguir aquello que creemos necesitar?

Hubo un momento en que necesité ganar más dinero.


No era una idea filosófica ni una búsqueda espiritual. Era una necesidad concreta. Había cuentas, responsabilidades y una realidad económica que pedía una respuesta.


Entonces hice lo que tantas veces hacemos cuando necesitamos que algo cambie: armé un currículum.


Lo envié, empezó a circular y, después de un tiempo, apareció una propuesta de trabajo.


En principio, aquello era una buena noticia. Una posibilidad de incrementar mis ingresos. Una respuesta bastante concreta a una necesidad concreta.


Pero cuando la propuesta llegó, algo en mí se tensó.


Apareció ansiedad. Apareció cierta resistencia. Incluso algo parecido al miedo.


Y me llamó la atención.


Porque, en apariencia, aquello era exactamente lo que había pedido.


Entonces empecé a preguntarme qué era lo que me producía tanta incomodidad.


No tardé en comprender que la pregunta no era si necesitaba más dinero. Claro que lo necesitaba. Tampoco si quería vivir con mayor tranquilidad económica. Claro que lo quería.


La pregunta era otra.


¿Qué estaba dispuesto a entregar a cambio?


Hoy, mientras hago pan en la cocina de mi casa, puedo ver con mayor claridad algo que quizás durante muchos años no supe nombrar.


Después de casi treinta años de trabajo, fui construyendo una manera de vivir.


No solamente una manera de trabajar.


Una manera de estar.


Aquí, en esta cocina, en este oficio, hay algo que no aparece en ningún currículum. Está el tiempo que aprendí a respetar. La paciencia de las fermentaciones. La creatividad. El cuerpo trabajando. Las manos. La posibilidad de decidir cuándo, cómo y para quién trabajar.


Está también mi casa, el lugar que elegí para vivir.


Están los vínculos que elegí sostener, acompañar, cuidar y amar.


Y está una forma de vida que, con todas sus dificultades, siento que también elegí.


Entonces comprendí que no podía poner todo eso en tensión solamente porque apareciera una posibilidad de ganar más dinero.


No porque el dinero no importe.


Importa.


Y mucho.


Me gustaría no tener que preocuparme tanto por él. Me gustaría que la abundancia económica pudiera llegar también como consecuencia de mi trabajo, del valor de mis productos, de mis manos, de mi creatividad y de los años dedicados a aprender un oficio.


Pero quizás allí estaba la confusión.


Durante mucho tiempo pensé que los casi treinta años de trabajo tenían que estar necesariamente materializados en una determinada cantidad de dinero.


Como si el resultado de una vida pudiera medirse solamente en una cuenta.


Y no.


Quizás esos años también están materializados en otra parte.


En las experiencias.


En lo aprendido.


En las personas que conocí.


En las decisiones que pude tomar.


En el tiempo compartido con quienes amo.


En la posibilidad de estar ahora mismo aquí, haciendo pan, en el lugar que elegí vivir.


Quizás no haya ganado todo el dinero que imaginaba que debía haber ganado.


Pero gané algo que hoy descubro que no quiero perder.


Una vida que, de alguna manera, siento propia.


Y entonces apareció una pregunta incómoda para esas veces en que le pedimos a la vida prosperidad:


¿Estamos preparados para reconocer la prosperidad cuando llega de una forma que no habíamos imaginado?


Porque quizás prosperar no sea solamente ganar más.


Quizás también sea poder seguir viviendo de acuerdo con aquello que consideramos valioso.


Quizás el pedido no debería ser solamente:


“Quiero más dinero”.


Quizás también habría que preguntar:


“¿Qué clase de vida quiero que ese dinero ayude a construir?”


Y entonces las decisiones laborales dejan de ser solamente decisiones económicas.


Elegir un trabajo también es elegir un tiempo.


Elegir una forma de relacionarnos.


Elegir cuánto de nuestra vida ponemos a disposición de aquello que hacemos para vivir.


Elegir qué vínculos queremos cuidar.


Elegir dónde queremos estar cuando termina la jornada.


Durante años pensé que el oficio era aquello que hacía para ganarme la vida.


Ahora empiezo a pensar que el oficio también fue una manera de ganarla.


Y quizás esa sea una diferencia enorme.


Porque no quiero solamente trabajar para vivir.


Quiero que mi manera de trabajar siga formando parte de la vida que elegí.


Y mientras amaso, mientras espero que el tiempo haga su trabajo, vuelvo a comprender algo que el pan me ha enseñado muchas veces:


no todo lo que puede crecer necesita ser acelerado.


Hay cosas que necesitan tiempo.


Hay cosas que necesitan cuidado.


Y hay cosas que, si para conseguirlas tenemos que alejarnos demasiado de aquello que amamos, quizás no sean exactamente la prosperidad que estábamos pidiendo.



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