El único legado
El único legado
Quizás el único legado que debiéramos dejarles a nuestros hijos sean herramientas para que puedan ser libres.
No una vida resuelta.
No un camino marcado.
No la obligación de continuar aquello que nosotros comenzamos.
Herramientas para que puedan mirarse, escucharse, elegir. Para que puedan reconocer lo que desean y también aquello que no desean. Para que puedan equivocarse, cambiar de rumbo, decir que no, alejarse, volver.
A veces creemos que amar a nuestros hijos es enseñarles cómo vivir. Tal vez sea, en parte, enseñarles a encontrarse con su propia manera de hacerlo.
Darles raíces, pero no cadenas.
Una casa a la que puedan volver, pero también alas para irse.
Porque llegará un momento en que nuestras manos ya no estarán para sostenerlos como cuando eran pequeños. Y entonces quizás lo más importante no sea cuánto hicimos por ellos, sino qué herramientas dejamos en sus propias manos.
Que sepan cuidarse.
Que puedan pedir ayuda.
Que sepan poner límites.
Que puedan reconocer el amor sin confundirlo con posesión.
Que tengan el coraje de ser quienes son, incluso cuando eso no coincida con aquello que habíamos imaginado para ellos.
Tal vez ese sea nuestro verdadero trabajo como padres: acompañarlos hasta que puedan caminar sin nosotros, y aprender, mientras tanto, a no necesitar que caminen hacia donde nosotros queremos.
El amor, entonces, no sería retenerlos.
Sería prepararles las manos para abrir la puerta.
Y cuando finalmente la crucen, poder mirarlos irse con la tranquilidad de haberles dado, no una vida que vivir, sino las herramientas para encontrar la propia.
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