Límites propositivos

 Del yo al encuentro


Hay un momento en el  niño, que vive  su deseo como el centro del mundo.

 Poco a poco aparece el “yo quiero”, “es mío”, “yo solo”, “no”. No necesariamente como una oposición al adulto, sino como una manera de comenzar a reconocerse: yo soy yo, vos sos vos.


El “no” del niño es, muchas veces, una de las primeras formas de decir “yo”.


Quizás nuestra tarea como padres no sea apagar ese yo, sino acompañarlo en el descubrimiento de algo todavía más profundo:  "existe un mundo más allá de el". Que hay otros cuerpos, otros deseos, otros tiempos, otras necesidades. Que el otro también es un yo.


Entonces aparecen los límites.


Pero un límite no tiene por qué ser un muro.


Puede ser un camino.


La mayoría de los adultos entendimos el límite como una prohibición: “no hagas”, “no toques”, “no corras”, “no pegues”. Y seguramente hay momentos en que un no debe ser claro. Hay cosas que simplemente no podemos permitir.


Pero incluso allí podemos preguntarnos ¿qué hay después del no?


“No voy a dejar que pegues. Si estás enojado, podemos encontrar otra manera.”


“Ahora no podemos correr acá. Vamos al patio .”


“Ese juguete lo está usando otro niño. Podés esperar o podemos buscar otro.”


El límite entonces deja de ser solamente aquello que cierra una posibilidad sino que comienza a señalar otra.

Algo como un límite propositivo.


No se trata de evitar la frustración del niño. La frustración también forma parte de la realidad. Se trata de acompañarlo a descubrir que encontrarse con un límite no significa que su deseo esté mal, ni que tenga que desaparecer.


Algo como: mi deseo existe, pero no es el único que existe.


Yo soy yo.


Vos sos vos.


Y entre ambos hay una realidad que debemos aprender a habitar.


Entonces acompañar a un hijo no consiste en enseñarle a abandonar su “yo”, sino en ayudarlo a ampliar ese yo hasta que pueda reconocer al otro.


El límite, entonces, no tiene como propósito domesticar al niño, sino ayudarlo a entrar en relación con el mundo,  acompañar ese largo camino que va del “yo” al encuentro con el "otro".


Y que cuando una puerta se cierra, no siempre significa que el camino terminó.


Sino que estamos siendo invitados a buscar otros caminos por dónde sí encontramos. 

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