El qué el cómo y el para qué
El qué, el cómo y el para qué
No importa solamente QUÉ hago, sino CÓMO hago aquello que hago. En ese cómo se trasluce el estado de conciencia, la calidad de la atención que ponemos en cada acto de nuestra vida. Desde lo más simple y cotidiano hasta lo más frágil y complejo: las relaciones humanas.
Hacer pan, componer canciones, escribir, paternar, amar a una mujer. Cada una de estas acciones pertenece al plano del QUÉ, a las formas concretas en las que la vida se manifiesta a través nuestro.
Pero ¿cómo estoy presente mientras hago? ¿Desde dónde me relaciono con aquello que hago y quienes participan de ese hacer? ¿Desde la atención y la escucha, o desde la inercia, el temor, la exigencia y las ideas que tengo acerca de cómo deberían ser las cosas?
El CÓMO expresa la manera en que habitamos cada experiencia. Es allí donde la conciencia de presencia puede transformar un acto cotidiano en una oportunidad para expresar el SER.
Sin embargo, hay otra dimensión que también merece ser observada: el PARA QUÉ. ¿Cuál es el propósito, cuál es la intención que moviliza nuestro hacer? ¿Qué nos impulsa a amasar el pan, a escribir una canción, a criar a un hijo o a encontrarnos con una mujer? ¿Qué estamos buscando, qué necesidad intentamos satisfacer, qué deseamos ofrecer?
No siempre conocemos las respuestas. A veces, detrás de una acción aparentemente generosa puede esconderse la necesidad de ser reconocidos; detrás del amor, el temor a la soledad; detrás del trabajo, la búsqueda de seguridad o de valor personal. Y otras veces, en esos mismos actos, puede expresarse el deseo genuino de crear, compartir, cuidar o simplemente participar de la vida.
Observar la intención no significa juzgarla, sino hacerla consciente. Poder reconocer qué nos mueve nos permite distinguir entre aquello que hacemos para obtener algo de la vida y aquello que hacemos como una forma de participar plenamente de ella.
Quizá estas tres dimensiones —el QUÉ, el CÓMO y el PARA QUÉ— puedan ayudarnos a mirar nuestra experiencia desde otra perspectiva.
El QUÉ es la forma que toma el hacer.
El CÓMO es la calidad de presencia con la que lo habitamos.
El PARA QUÉ es la intención que orienta nuestro movimiento.
Y el SER, ¿dónde está?
Tal vez no sea algo que debamos alcanzar al final de un recorrido, ni una identidad que tengamos que construir mediante nuestras acciones. Tal vez el SER se exprese cuando podemos reconocer lo que nos mueve, estar presentes en lo que hacemos y permitir que nuestra respuesta nazca de un contacto más directo con la realidad.
Entonces, hacer pan, componer una canción, escribir, paternar o amar a una mujer dejan de ser solamente actividades que realizamos. Se convierten en espacios donde podemos observarnos, descubrir nuestras motivaciones y aprender a responder de una manera más consciente.
La pregunta ya no es solamente qué estoy haciendo, sino cómo lo hago, para qué lo hago y desde dónde nace mi respuesta.
Quizá vivir sea ese aprendizaje: permitir que la conciencia ilumine la intención, que la presencia habite la acción y que el hacer, sin dejar de pertenecer al mundo de las formas, se convierta en una expresión cada vez más genuina del SER.
Nota: el propósito no es necesariamente lo mismo que la intención que nos moviliza.
El propósito puede ser aquello a lo que orientamos nuestro hacer: alimentar, crear, cuidar, compartir, sostener económicamente la vida.
La intención tiene que ver con lo que nos mueve interiormente a hacerlo: amar, contribuir, ser reconocidos, sentir seguridad, evitar el rechazo o encontrar sentido.
La presencia nos permite observar ambas dimensiones mientras actuamos, sin quedar completamente dominados por ellas.
Entonces
¿cómo hacer lo necesario para vivir sin perder el contacto con aquello desde donde la vida adquiere sentido?
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